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Finalista del Premio 'Whitley' es un defensor de las tortugas marinas en Bahía Solano

Si escalar el Everest es el máximo logro de un alpinista, ganar un Premio 'Whitley', es un reto equivalente para un conservacionista. Los defensores defensores de estas especies lo obtuvieron.
Ángela Maldonado acaba de obtener este reconomiento por preservar el mono nocturno, acorralado por la cacería. Diego Amorocho y su lucha por las tortugas marinas, todas en extinción, fue uno de los ocho finalistas.
Cazan frutas y no monos
Ángela Maldonado se enfrentó a una realidad difícil de cambiar: once comunidades pobres, habitantes del Trapecio amazónico -donde convergen Perú, Brasil y Colombia- trataban de buscar dinero cazando monos nocturnos para venderlos a laboratorios y científicos, que experimentan con ellos para desarrollar vacunas contra la malaria.
Cuatro mil ejemplares eran capturados al año (mucho más del doble de lo permitido por una licencia que respalda el trabajo de los desarrolladores de medicamentos) cada uno por 30 dólares, lo que implicaba además un tráfico de animales desde territorio peruano cuando la fauna en Colombia escaseaba. Y de paso, un riesgo para la misma gente, porque algunos animales con los que se experimentaba eran devueltos a la selva infectados con la enfermedad.
El mérito de Maldonado, directora de la Fundación Entrópika, ha sido promover entre esas comunidades indígenas alternativas económicas diferentes a la persecución de los micos, vitales para el control de plagas y la dispersión de semillas que permiten el desarrollo de nueva flora en la selva. Hoy 'cazan' a clientes para venderles acai liofilizada o deshidratada, una fruta apetecida en Europa porque es un adelgazante natural.
"Las comunidades locales están dedicadas a hacer lo que mejor saben: trabajar la tierra y recolectar. El reto de la conservación es que la gente tenga una recompensa por llevar una vida sostenible".
El amigo de las tortugas
Diego Amorocho lleva más de 20 años persiguiendo tortugas marinas. Pero mientras muchos hacen lo mismo para descuartizarlas y comer sus huevos o su carne, él las busca para ayudarlas y evitar su desaparición.
Como director del Centro de Investigación para el Manejo Ambiental (Cimad), este caleño libra varias batallas: educa a las comunidades que viven de la pesca artesanal para que sustituyan los anzuelos tradicionales -en forma de 'J'- por unos circulares en los que las tortugas no se enganchen por accidente. Esto es usual porque los pescadores suelen usar 'espineles', que son una hilera de cientos de anzuelos que sumergen en el mar durante días y en los que caen indiscriminadamente especies de todo tipo.
Amorocho sabe que sin tener a la comunidad de su lado cualquier intento por conservar fracasa. Por eso, no sólo enseña nociones de primeros auxilios a los pescadores para que, en caso de encontrar una tortuga enganchada, puedan evitar su ahogamiento.
También ha educado a antiguos cazadores de Bahía Solano para que las protejan, sobre todo en temporadas de anidamiento. Y además de instalarles transmisores satelitales para documentar sus patrones migratorios y lograr acuerdos para cuidarlas, otro de sus sueños cumplidos fue la creación de un centro de rehabilitación de tortugas marinas en Guapi (Cauca), donde hoy son atendidas por biólogos.
Muchas de ellas llegan allí moribundas luego de tragar bolsas plásticas que confunden con medusas. "Las tortugas son mágicas, carismáticas y su protección puede jalonar procesos de conservación de otras especies", dijo.
Fuente: El Tiempo / Verde
Tortugas MarinasSi escalar el Everest es el máximo logro de un alpinista, ganar un Premio 'Whitley', es un reto equivalente para un conservacionista. Los defensores defensores de estas especies lo obtuvieron.

Ángela Maldonado acaba de obtener este reconomiento por preservar el mono nocturno, acorralado por la cacería. Diego Amorocho y su lucha por las tortugas marinas, todas en extinción, fue uno de los ocho finalistas.

Cazan frutas y no monos
Ángela Maldonado se enfrentó a una realidad difícil de cambiar: once comunidades pobres, habitantes del Trapecio amazónico -donde convergen Perú, Brasil y Colombia- trataban de buscar dinero cazando monos nocturnos para venderlos a laboratorios y científicos, que experimentan con ellos para desarrollar vacunas contra la malaria.

Cuatro mil ejemplares eran capturados al año (mucho más del doble de lo permitido por una licencia que respalda el trabajo de los desarrolladores de medicamentos) cada uno por 30 dólares, lo que implicaba además un tráfico de animales desde territorio peruano cuando la fauna en Colombia escaseaba. Y de paso, un riesgo para la misma gente, porque algunos animales con los que se experimentaba eran devueltos a la selva infectados con la enfermedad.

El mérito de Maldonado, directora de la Fundación Entrópika, ha sido promover entre esas comunidades indígenas alternativas económicas diferentes a la persecución de los micos, vitales para el control de plagas y la dispersión de semillas que permiten el desarrollo de nueva flora en la selva. Hoy 'cazan' a clientes para venderles acai liofilizada o deshidratada, una fruta apetecida en Europa porque es un adelgazante natural.

"Las comunidades locales están dedicadas a hacer lo que mejor saben: trabajar la tierra y recolectar. El reto de la conservación es que la gente tenga una recompensa por llevar una vida sostenible".

El amigo de las tortugas
Diego Amorocho lleva más de 20 años persiguiendo tortugas marinas. Pero mientras muchos hacen lo mismo para descuartizarlas y comer sus huevos o su carne, él las busca para ayudarlas y evitar su desaparición.

Como director del Centro de Investigación para el Manejo Ambiental (Cimad), este caleño libra varias batallas: educa a las comunidades que viven de la pesca artesanal para que sustituyan los anzuelos tradicionales -en forma de 'J'- por unos circulares en los que las tortugas no se enganchen por accidente. Esto es usual porque los pescadores suelen usar 'espineles', que son una hilera de cientos de anzuelos que sumergen en el mar durante días y en los que caen indiscriminadamente especies de todo tipo.

Amorocho sabe que sin tener a la comunidad de su lado cualquier intento por conservar fracasa. Por eso, no sólo enseña nociones de primeros auxilios a los pescadores para que, en caso de encontrar una tortuga enganchada, puedan evitar su ahogamiento.

También ha educado a antiguos cazadores de Bahía Solano para que las protejan, sobre todo en temporadas de anidamiento. Y además de instalarles transmisores satelitales para documentar sus patrones migratorios y lograr acuerdos para cuidarlas, otro de sus sueños cumplidos fue la creación de un centro de rehabilitación de tortugas marinas en Guapi (Cauca), donde hoy son atendidas por biólogos.

Muchas de ellas llegan allí moribundas luego de tragar bolsas plásticas que confunden con medusas. "Las tortugas son mágicas, carismáticas y su protección puede jalonar procesos de conservación de otras especies", dijo.

Fuente: El Tiempo / Verde
 

Comentarios 

 
0 #1 Visita 16-09-2010 21:55
wau es incre lo que hace por esos animales
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