Arriba la cosa está caliente. Más de veinticinco grados y Brooklyn no se ha despegado de nosotros. Vigila, echa ojo, está atento. Su misión es la de guiarnos al lugar de operaciones de Jhon Jaime Sánchez por esas calles ahogadas, levantadas entre el polvo y la escasez. Sabemos poco de Jhon Jaime, tan sólo que es el líder de un ‘combo’ y que nos espera desde hace un buen rato con todo un arsenal. Brooklyn no ha dicho mucho, pero sugiere que allá, donde los techos sirven de tendederos y los ladrillos hacen formas irregulares que parecen casas, Jhon Jaime y sus pelaos están haciendo ruido, disparando al aire. El asunto es serio. Hay que apurar el paso porque, lo suponemos, hay rumores: arriba, en el barrio Nuevos Conquistadores de la Comuna 13, el ánimo está caldeado, caliente. Muy caliente.
Brooklyn custodia, pero no es sólo el mensajero. El chico de piel mestiza y ropas anchas es otro de los duros: pertenece a una organización a la que llaman La Élite, en donde tiene inscrito su parche personal, Zinagoga, que pronuncia con la zeta marcada como si tuviera la lengua afilada. Así, menudito y de alias extranjero, el tipo tiene balas de alto calibre y dice ser infalible con ellas. Un tirador de los mejores. Se muere por usarlas, amenaza, va de aquí para allá alzando la voz para que nosotros, los forasteros, nos enteremos de que él no es sólo “el de las vueltas”. Quiere descargarnos toda la munición que trae encima.
Algunas horas después saldríamos heridos de la 13.
La tropa de Jhon Jaime está conformada por guerreros de piel oscura. Uno de los más pequeños es Bombi, de apenas 14, que llega todos los días a SonBatá, el nombre de este fortín, a pulir su puntería: es clarinetista y bailarín, y eso le basta para convertirse en un buen soldado. Un escolta de la vida. Uno menos para la guerra de la 13.
Bajo el alias de Bombi, Nelson Córdoba es uno de los primeros que se lanzan a la calle a emitir sus ráfagas de hip hop y chirimía. Sus balazos no amenazan. No temen, no callan. Encienden, eso sí, porque si en la prensa del día el titular es que allá en la 13 la cosa está caliente, calentura es lo que da.
En la calle, al ojo y oído de todo el barrio, dos parlantes amplifican el sonido de la resistencia. “Si mi comuna suena y en sus entrañas lleva afro hip hop colombiano… siente la diferencia de nuestro color oscuro… África, Colombia, revolución…”, cantan los guerreros. Congas, redoblantes, tambores alegres, platillos y un clarinete se unen en un ritmo negro, tradicional y agitado, que suelta todo su veneno al aire libre. Un tornamesa y un mezclador le dan pista a un sueño de supervivencia y la gente de la comuna baila, la gente de la comuna canta.
Bombi sonríe, siempre sonríe. Es parte de una corporación, una red, un colectivo. Allá arriba se deben buscar sinónimos, porque el uso de la palabra “combo” en Medellín es exclusivo para los malandros, los pillos. SonBatá es un combo, sí, pero de la vida. Cargado de municiones, su arma es una sola: música al rojo vivo.
Los otros combos, los de la muerte, los que ahora hacen famosa a la Comuna 13 con sus proyectiles de miedo, tienen entre sus filas a pelaos casi de la misma edad de Nelson. Él lo sabe. La guerra en esta comuna es un juego de niños. Niños y adolescentes que estas otras bandas dotan de armas para que se trinen de techo a techo a ver de quién es el territorio. “Las ráfagas van y vienen”, dicen los muchachos, acostumbrados. “Se matan entre ellos”.
Una nota de escuela
Muchos mueren antes de cumplir siquiera 17. Es la condena habitual, como lo asimila Jhon Jaime. En las calles de El Salado, Las Independencias, La Quiebra o Nuevos Conquistadores, su barrio, “el referente más cercano que tienen los jóvenes y los niños es el de alguien con un arma en la mano. Es la imagen de la muerte y la desesperanza. Es la desigualdad social. Es no tener oportunidades ni qué comer en la casa”. Por eso, él, un joven de voz poderosa, hábil con el saxo y el clarinete, decidió armar su propia guerra y reclutar algunos soñadores: “SonBatá es una respuesta musical, filosófica e ideológica a un barrio, a una comunidad donde es más fácil tener un arma que un instrumento musical, en donde es casi imposible fantasear con ser un gran artista”.
A su escuela de formación acuden hoy más de cien fugados de la guerra. Todos llegan allí con soledades profundas. Con preguntas. Desarraigados y llenos de miedo. Sin embargo, en esa casa calurosa y pequeñita donde se reúnen, hay alegría. Allí, unos bailan, otros se entregan al bajo o a la guitarra, otros rapean y unos más osados le jalan a la música tradicional. Allí encontraron la salida. Como dice John Jaime, “La respuesta es sí: se puede ser artista, se puede ser grande. Se puede soñar”.
Jhon tiene 25 años y lleva seis enseñando, reproduciendo aquello que aprendió en un diplomado de formación cultural juvenil que, asegura, le cambió la vida. “La guerra aquí tuvo su apogeo en el 2002. Era brutalísima. Veíamos jóvenes muertos todos los días. Era un gran círculo vicioso, porque es a ellos a los que mandan a matar y son ellos los que matan. ¿Cuándo iba a parar? Esa era nuestra pregunta de todos los días. Así que decidimos tomar las cosas por cuenta propia y sacar a los que más pudiéramos de esa guerra. Nuestra meta era que dejaran de disparar”.
Nelson, el único clarinetista de la orquesta, sonríe. En su pecho hay esperanza. Por eso toca como si el aire en sus pulmones fuera inagotable. Toca para que lo escuchen aquellos que han vuelto a manchar de negro la comuna. Toca para que el luto que ronda sus cuadras no le toque a él también la vida.
Fuente: El Espectador
Arriba la cosa está caliente. Más de veinticinco grados y Brooklyn no se ha despegado de nosotros. Vigila, echa ojo, está atento. Su misión es la de guiarnos al lugar de operaciones de Jhon Jaime Sánchez por esas calles ahogadas, levantadas entre el polvo y la escasez. Sabemos poco de Jhon Jaime, tan sólo que es el líder de un ‘combo’ y que nos espera desde hace un buen rato con todo un arsenal. Brooklyn no ha dicho mucho, pero sugiere que allá, donde los techos sirven de tendederos y los ladrillos hacen formas irregulares que parecen casas, Jhon Jaime y sus pelaos están haciendo ruido, disparando al aire. El asunto es serio. Hay que apurar el paso porque, lo suponemos, hay rumores: arriba, en el barrio Nuevos Conquistadores de la Comuna 13, el ánimo está caldeado, caliente. Muy caliente.Brooklyn custodia, pero no es sólo el mensajero. El chico de piel mestiza y ropas anchas es otro de los duros: pertenece a una organización a la que llaman La Élite, en donde tiene inscrito su parche personal, Zinagoga, que pronuncia con la zeta marcada como si tuviera la lengua afilada. Así, menudito y de alias extranjero, el tipo tiene balas de alto calibre y dice ser infalible con ellas. Un tirador de los mejores. Se muere por usarlas, amenaza, va de aquí para allá alzando la voz para que nosotros, los forasteros, nos enteremos de que él no es sólo “el de las vueltas”. Quiere descargarnos toda la munición que trae encima.
Algunas horas después saldríamos heridos de la 13.
La tropa de Jhon Jaime está conformada por guerreros de piel oscura. Uno de los más pequeños es Bombi, de apenas 14, que llega todos los días a SonBatá, el nombre de este fortín, a pulir su puntería: es clarinetista y bailarín, y eso le basta para convertirse en un buen soldado. Un escolta de la vida. Uno menos para la guerra de la 13.
Bajo el alias de Bombi, Nelson Córdoba es uno de los primeros que se lanzan a la calle a emitir sus ráfagas de hip hop y chirimía. Sus balazos no amenazan. No temen, no callan. Encienden, eso sí, porque si en la prensa del día el titular es que allá en la 13 la cosa está caliente, calentura es lo que da.
En la calle, al ojo y oído de todo el barrio, dos parlantes amplifican el sonido de la resistencia. “Si mi comuna suena y en sus entrañas lleva afro hip hop colombiano… siente la diferencia de nuestro color oscuro… África, Colombia, revolución…”, cantan los guerreros. Congas, redoblantes, tambores alegres, platillos y un clarinete se unen en un ritmo negro, tradicional y agitado, que suelta todo su veneno al aire libre. Un tornamesa y un mezclador le dan pista a un sueño de supervivencia y la gente de la comuna baila, la gente de la comuna canta.
Bombi sonríe, siempre sonríe. Es parte de una corporación, una red, un colectivo. Allá arriba se deben buscar sinónimos, porque el uso de la palabra “combo” en Medellín es exclusivo para los malandros, los pillos. SonBatá es un combo, sí, pero de la vida. Cargado de municiones, su arma es una sola: música al rojo vivo.
Los otros combos, los de la muerte, los que ahora hacen famosa a la Comuna 13 con sus proyectiles de miedo, tienen entre sus filas a pelaos casi de la misma edad de Nelson. Él lo sabe. La guerra en esta comuna es un juego de niños. Niños y adolescentes que estas otras bandas dotan de armas para que se trinen de techo a techo a ver de quién es el territorio. “Las ráfagas van y vienen”, dicen los muchachos, acostumbrados. “Se matan entre ellos”.
Una nota de escuela
Muchos mueren antes de cumplir siquiera 17. Es la condena habitual, como lo asimila Jhon Jaime. En las calles de El Salado, Las Independencias, La Quiebra o Nuevos Conquistadores, su barrio, “el referente más cercano que tienen los jóvenes y los niños es el de alguien con un arma en la mano. Es la imagen de la muerte y la desesperanza. Es la desigualdad social. Es no tener oportunidades ni qué comer en la casa”. Por eso, él, un joven de voz poderosa, hábil con el saxo y el clarinete, decidió armar su propia guerra y reclutar algunos soñadores: “SonBatá es una respuesta musical, filosófica e ideológica a un barrio, a una comunidad donde es más fácil tener un arma que un instrumento musical, en donde es casi imposible fantasear con ser un gran artista”.
A su escuela de formación acuden hoy más de cien fugados de la guerra. Todos llegan allí con soledades profundas. Con preguntas. Desarraigados y llenos de miedo. Sin embargo, en esa casa calurosa y pequeñita donde se reúnen, hay alegría. Allí, unos bailan, otros se entregan al bajo o a la guitarra, otros rapean y unos más osados le jalan a la música tradicional. Allí encontraron la salida. Como dice John Jaime, “La respuesta es sí: se puede ser artista, se puede ser grande. Se puede soñar”.
Jhon tiene 25 años y lleva seis enseñando, reproduciendo aquello que aprendió en un diplomado de formación cultural juvenil que, asegura, le cambió la vida. “La guerra aquí tuvo su apogeo en el 2002. Era brutalísima. Veíamos jóvenes muertos todos los días. Era un gran círculo vicioso, porque es a ellos a los que mandan a matar y son ellos los que matan. ¿Cuándo iba a parar? Esa era nuestra pregunta de todos los días. Así que decidimos tomar las cosas por cuenta propia y sacar a los que más pudiéramos de esa guerra. Nuestra meta era que dejaran de disparar”.
Nelson, el único clarinetista de la orquesta, sonríe. En su pecho hay esperanza. Por eso toca como si el aire en sus pulmones fuera inagotable. Toca para que lo escuchen aquellos que han vuelto a manchar de negro la comuna. Toca para que el luto que ronda sus cuadras no le toque a él también la vida.
Fuente: El Espectador




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