Mujeriego, desordenado y delantero sin gol. Esa combinación hizo que Alexánder Mosquera pasara de la cancha a estampar camisetas. Hoy, con su vida en orden, es el artillero que despunta en Envigado.
Luis Alexánder ya no es un niño. Está lejos de ser el juvenil que debuta y busca sus primeros goles. Tiene 25 años, y sobre su amplia espalda, además de una familia, tiene una historia que hoy cuenta con agrado. Pero que antes pintó en el drama.
Hoy, con el Salmo 23 a sus espaldas en la sala de su casa del barrio San Francisco de Itagüí, recuerda los momentos bravos, en los que el desorden le podía al entrenamiento, y en el que tuvo que mirar hacia el cielo para encontrar las respuestas que no le daba la tierra.
Profesional desde 2000, cuando se fue a probar en Independiente Santa Fe, este jugador nacido en Istmina tuvo más tumbos en la vida que goles anotados. Con la fuerza de un búfalo, que le llevó hasta tener ese apodo, tuvo unos partidos en primera división con el Deportes Quindío. Pero tras pasar sus días sin celebraciones, las oportunidades se fueron agotando.
Recaló en Florida Soccer, en 2005, en un equipo de la Primera B que tenía, entre otros, a delanteros como Wílmar Moreno, Luis Lara, Hugo Gallo y a un joven de nombre Giovanny Moreno. Sin continuidad, y con la familia creciendo, tuvo que colgar los botines. "Necesitaba la plata y en el fútbol las cosas no me salían. Empecé a trabajar de asalariado, primero en una fábrica de confecciones y luego en una de estampación. Había nacido mi hijo y necesitaba tener seguridad social y un sueldo, y el fútbol no me los estaba dando".
En medio del trabajo con camisetas, y según sus palabras, en un desorden de vida que no lo dejaba progresar, un llamado pareció caer del cielo. Alexis García y el recién nacido Equidad lo querían. Pero no tuvo espacio, y tras un par de entrenamientos lo ubicaron en Panamá. Allá, tras militar en San Francisco y Chorrillo, seguía viviendo su infierno.
"En Chorrillo ya me habían despedido, tenía el tiquete de regreso para Colombia para un viernes. El martes, un compañero de equipo, de nombre Wálter, me dijo que lo acompañara a la Iglesia, que conociera al Señor. Fui y me recibieron con un 'Dios lo bendiga' . Al otro día me llamó el presidente del club, que me daba otra oportunidad. Si me echaban dejaba el fútbol", recuerda Alexánder, quien firma que ahí cambió su vida.
Los brazos levantados
Desde ese día, en una iglesia de Panamá, la vida de Mosquera cambió. "Fue cuando conoció al Señor, y toda su vida se volvió diferente. Conocerlo y aceptarlo lo hizo mejor persona, dejó de ser tan díscolo y mujeriego y empezó más a pensar en su familia. Tanto que desde Panamá me propuso matrimonio", anota su esposa Mayerly, con quien tiene dos hijos: Juan Sebastián, ese que ahora daña los ventanales a balonazos y sueña con ser arquero, y Ana María, que con cuatro meses le sonríe de manera picarona a su padre, el de dientes blancos y grandes.
La vida, tras ese 2007 complicado, se tornó diferente. Se fueron la rumba y la fiesta. Llegaron los goles. "Volví a Colombia, jugué en Girardot y en Rionegro, y los goles empezaron a llegar. Ya tenía una vida más tranquila, entregado a la familia. Me fui para Guatemala, al Malacateco de segunda división. Una mala decisión, pero hice 10 goles en nueve partidos. La vida me sonrió". Tras una lesión volvió a Colombia, a Rionegro, y a los goles que hoy lo tienen en primera división.
El presente naranja
Hoy es casi un bicho raro. Sale de los entrenamientos y en vez de vestirse como el común de los futbolistas, con pantalones cortos y camiseta, siempre está de jean o pantalón y camisas de manga larga. "Simplemente es mi manera de vestir", dice.
Lleva un par de meses en Envigado, un equipo en el que se respira un ambiente muy distendido, diferente al de los otros clubes. Las bromas de Néider Morantes, Carlos Álvarez y Weimar Olivares, entre otros, son pan de cada día. "Darle papaya a Weimar es cosa seria, te molesta por todo. Es una buena persona", afirma Alexánder, quien vive el Sueño del Pibe, versión recargada.
En solo un mes con el equipo pudo pelearle el puesto a Jorge Horacio Serna, pudo marcarle a Atlético Nacional en la primera que le quedó y hoy sueña con seguir la racha. "Tengo que agradecer al Señor todo lo que me está dando, es al lado de Él que todo se puede", dice Alexánder, quien ya dejó las camisetas solo para transpirarlas en la cancha.
Fuente: El Colombiano
Mujeriego, desordenado y delantero sin gol. Esa combinación hizo que Alexánder Mosquera pasara de la cancha a estampar camisetas. Hoy, con su vida en orden, es el artillero que despunta en Envigado.Luis Alexánder ya no es un niño. Está lejos de ser el juvenil que debuta y busca sus primeros goles. Tiene 25 años, y sobre su amplia espalda, además de una familia, tiene una historia que hoy cuenta con agrado. Pero que antes pintó en el drama.
Hoy, con el Salmo 23 a sus espaldas en la sala de su casa del barrio San Francisco de Itagüí, recuerda los momentos bravos, en los que el desorden le podía al entrenamiento, y en el que tuvo que mirar hacia el cielo para encontrar las respuestas que no le daba la tierra.
Profesional desde 2000, cuando se fue a probar en Independiente Santa Fe, este jugador nacido en Istmina tuvo más tumbos en la vida que goles anotados. Con la fuerza de un búfalo, que le llevó hasta tener ese apodo, tuvo unos partidos en primera división con el Deportes Quindío. Pero tras pasar sus días sin celebraciones, las oportunidades se fueron agotando.
Recaló en Florida Soccer, en 2005, en un equipo de la Primera B que tenía, entre otros, a delanteros como Wílmar Moreno, Luis Lara, Hugo Gallo y a un joven de nombre Giovanny Moreno. Sin continuidad, y con la familia creciendo, tuvo que colgar los botines. "Necesitaba la plata y en el fútbol las cosas no me salían. Empecé a trabajar de asalariado, primero en una fábrica de confecciones y luego en una de estampación. Había nacido mi hijo y necesitaba tener seguridad social y un sueldo, y el fútbol no me los estaba dando".
En medio del trabajo con camisetas, y según sus palabras, en un desorden de vida que no lo dejaba progresar, un llamado pareció caer del cielo. Alexis García y el recién nacido Equidad lo querían. Pero no tuvo espacio, y tras un par de entrenamientos lo ubicaron en Panamá. Allá, tras militar en San Francisco y Chorrillo, seguía viviendo su infierno.
"En Chorrillo ya me habían despedido, tenía el tiquete de regreso para Colombia para un viernes. El martes, un compañero de equipo, de nombre Wálter, me dijo que lo acompañara a la Iglesia, que conociera al Señor. Fui y me recibieron con un 'Dios lo bendiga' . Al otro día me llamó el presidente del club, que me daba otra oportunidad. Si me echaban dejaba el fútbol", recuerda Alexánder, quien firma que ahí cambió su vida.
Los brazos levantados
Desde ese día, en una iglesia de Panamá, la vida de Mosquera cambió. "Fue cuando conoció al Señor, y toda su vida se volvió diferente. Conocerlo y aceptarlo lo hizo mejor persona, dejó de ser tan díscolo y mujeriego y empezó más a pensar en su familia. Tanto que desde Panamá me propuso matrimonio", anota su esposa Mayerly, con quien tiene dos hijos: Juan Sebastián, ese que ahora daña los ventanales a balonazos y sueña con ser arquero, y Ana María, que con cuatro meses le sonríe de manera picarona a su padre, el de dientes blancos y grandes.
La vida, tras ese 2007 complicado, se tornó diferente. Se fueron la rumba y la fiesta. Llegaron los goles. "Volví a Colombia, jugué en Girardot y en Rionegro, y los goles empezaron a llegar. Ya tenía una vida más tranquila, entregado a la familia. Me fui para Guatemala, al Malacateco de segunda división. Una mala decisión, pero hice 10 goles en nueve partidos. La vida me sonrió". Tras una lesión volvió a Colombia, a Rionegro, y a los goles que hoy lo tienen en primera división.
El presente naranja
Hoy es casi un bicho raro. Sale de los entrenamientos y en vez de vestirse como el común de los futbolistas, con pantalones cortos y camiseta, siempre está de jean o pantalón y camisas de manga larga. "Simplemente es mi manera de vestir", dice.
Lleva un par de meses en Envigado, un equipo en el que se respira un ambiente muy distendido, diferente al de los otros clubes. Las bromas de Néider Morantes, Carlos Álvarez y Weimar Olivares, entre otros, son pan de cada día. "Darle papaya a Weimar es cosa seria, te molesta por todo. Es una buena persona", afirma Alexánder, quien vive el Sueño del Pibe, versión recargada.
En solo un mes con el equipo pudo pelearle el puesto a Jorge Horacio Serna, pudo marcarle a Atlético Nacional en la primera que le quedó y hoy sueña con seguir la racha. "Tengo que agradecer al Señor todo lo que me está dando, es al lado de Él que todo se puede", dice Alexánder, quien ya dejó las camisetas solo para transpirarlas en la cancha.
Fuente: El Colombiano



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