Mientras un septeto de señoras lanzaban al aire sus cánticos como si fueran ramos de flores fúnebres que salían de sus gargantas en honor a la memoria del Morro, todo el cuerpo de Marleny, a excepción de un dedo gordo, sintió una brisa de nostalgia.
Esa planicie de la montaña que la vio entrar y salir de la letrina, que la escuchó roncar, toser y estornudar en el tugurio, fue el mismo lugar donde un ratón se enamoró de su pie izquierdo y le dio un mordisco en el dedo gordo.
Aquellos rastrojos y caminitos empantanados con tapete verde de la manguita que ahora crece, fueron los ranchos de don Vicente, don Pacho y de un montón de doñas que ahora viven en apartamentos.
Durante el ritual de despedida al Morro de Moravia, se reencontró con Luz Mila, la que era su vecina. Ahora son las amas de casa y no de ranchos de madera y paja. Ya no les llegan gallinazos ni cucarachas de visita. Tampoco aplauden tan frecuente para matar moscas y zancudos ni sienten ese "pica-pica" que les llenaba la piel de ronchitas.
"Esto era un mierdero de animales", describe Luz Mila mientras observa a las mujeres de trencitas canosas saltando, alzando las manos y haciendo el mismo ritual que le hicieron a sus muertos en el Chocó antes de desplazarse a Medellín. "Pero el Morro no se olvida tan fácil -interviene Marleny- Por eso estoy aquí, porque hay que ser agradecida con el barrio".
En las recónditas veredas que circunda el río Baudó, en las que recorre el Atrato, en el municipio de Condoto y en la capital del Chocó se formaron las voces que entonaron los éxitos de alabaos y arrullos que siempre se escuchan en los sepelios del Pacífico como un lamento negro.
La letra que le dedicaron al que fuera un terreno hacinado y nocivo para la salud y que ahora emprende una etapa de recuperación ambiental, la repasaban de hojas manuscritas del cuaderno de la directora del grupo que preparó el adiós con títulos como: "Las tumbas frías", "Cuando veo a mi Dios", "Buenas noches mis dolientes" y "Ahora que todos duermen".
"Dejar este espacio genera un duelo en la comunidad que estaba tan arraigada-afirma Ana Cecilia Arbeláez, funcionaria del Área Metropolitana- se trata de resaltar la memoria y la historia de la comunidad".
Así despidieron al Morro como lugar de residencia, augurándole vida eterna en la memoria de quienes fueron sus habitantes y vecinos, deseándole un verde futuro, sin chispas, incendios ni gases tóxicos, amén.
fUENTE: El Colombiano
Mientras un septeto de señoras lanzaban al aire sus cánticos como si fueran ramos de flores fúnebres que salían de sus gargantas en honor a la memoria del Morro, todo el cuerpo de Marleny, a excepción de un dedo gordo, sintió una brisa de nostalgia.Esa planicie de la montaña que la vio entrar y salir de la letrina, que la escuchó roncar, toser y estornudar en el tugurio, fue el mismo lugar donde un ratón se enamoró de su pie izquierdo y le dio un mordisco en el dedo gordo.
Aquellos rastrojos y caminitos empantanados con tapete verde de la manguita que ahora crece, fueron los ranchos de don Vicente, don Pacho y de un montón de doñas que ahora viven en apartamentos.
Durante el ritual de despedida al Morro de Moravia, se reencontró con Luz Mila, la que era su vecina. Ahora son las amas de casa y no de ranchos de madera y paja. Ya no les llegan gallinazos ni cucarachas de visita. Tampoco aplauden tan frecuente para matar moscas y zancudos ni sienten ese "pica-pica" que les llenaba la piel de ronchitas.
"Esto era un mierdero de animales", describe Luz Mila mientras observa a las mujeres de trencitas canosas saltando, alzando las manos y haciendo el mismo ritual que le hicieron a sus muertos en el Chocó antes de desplazarse a Medellín. "Pero el Morro no se olvida tan fácil -interviene Marleny- Por eso estoy aquí, porque hay que ser agradecida con el barrio".
En las recónditas veredas que circunda el río Baudó, en las que recorre el Atrato, en el municipio de Condoto y en la capital del Chocó se formaron las voces que entonaron los éxitos de alabaos y arrullos que siempre se escuchan en los sepelios del Pacífico como un lamento negro.
La letra que le dedicaron al que fuera un terreno hacinado y nocivo para la salud y que ahora emprende una etapa de recuperación ambiental, la repasaban de hojas manuscritas del cuaderno de la directora del grupo que preparó el adiós con títulos como: "Las tumbas frías", "Cuando veo a mi Dios", "Buenas noches mis dolientes" y "Ahora que todos duermen".
"Dejar este espacio genera un duelo en la comunidad que estaba tan arraigada-afirma Ana Cecilia Arbeláez, funcionaria del Área Metropolitana- se trata de resaltar la memoria y la historia de la comunidad".
Así despidieron al Morro como lugar de residencia, augurándole vida eterna en la memoria de quienes fueron sus habitantes y vecinos, deseándole un verde futuro, sin chispas, incendios ni gases tóxicos, amén.
Fuente: El Colombiano




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