Antes de llegar hasta las puertas de la oficina escuché un gran rumor. Dentro estaban 40 parteras, todas con una cigüeña estampada sobre una camiseta blanca.
Luego de los efusivos saludos y abrazos, algunas ocupan las sillas disponibles y Rosminda Quiñones, partera líder, rompe el silencio leyendo el orden del día con el primer tema a ser discutido por la Asociación de Parteras del Pacífico -Asoparupa-: acciones para obtener los subsidios y ayudas que brinda la Alcaldía para el mejoramiento de vivienda. Se habla también de la huerta comunitaria y de los encuentros académicos que se aproximan.
Se declara un receso, unas hablan de partos en la oficina y otras recogen hierbas entrelazadas en la huerta sembrada entre palmeras. Con ellas prepararán infusiones y remedios para sus pacientes porque la medicina tradicional es uno de los principales componentes de su cultura. Y es una fortuna que sea así, pues la experiencia y conocimientos de yerbateras y parteras suplen y refuerzan en la 'clandestinidad' un sistema de salud que pocas veces cubre las zonas rurales del Pacífico colombiano.
Unidas y organizadas
La primera partera en decidir que unión y organización eran necesarias para vivir mejor la vida fue Rosminda Quiñones, quien vive en la primera etapa del barrio La Independencia, en Buenaventura. Entrada en años, vital, sonriente y redonda, de cálidas manos y ojos profundos, con un gorrito blanco como de bebé que le da un aspecto bonachón, es firme y directa cuando habla sobre los problemas que ha tenido con la televisión, la prensa y las universidades en cuanto al manejo de la información sobre el quehacer de la partería que ella les ha brindado.
Es obvio que Rosminda quiere advertirme sobre mi versión de su trabajo, la conservación del patrimonio cultural de sus ancestros africanos, la medicina tradicional y el parto humanizado. No desea que su profesión se convierta en un tópico simplista más, en otra "de esas cosas que hacen los negros en el Pacífico".
El término 'parto humanizado' es de uso corriente para las mujeres de Asoparupa y se fundamenta en la valoración del mundo afectivo y emocional de la parturienta, la consideración de los deseos y necesidades de madre e hijo. La libertad y el derecho que tienen ellas o las parejas para tomar decisiones sobre el parto, un momento vital y natural en la vida.
El parto humanizado respeta la medicina y sus avances en casos de embarazos que por complicaciones mayores requieran de procedimientos médicos especializados, pero se opone a las prácticas que someten a madre e hijo a procedimientos de intervención hostiles por lo rutinarios, que no consideran a la embarazada como individuo y transforman su experiencia en una actitud asistencial violenta, un procedimiento médico del doctor de turno.
El conflicto de las parteras con la medicina moderna tiene raíces muy antiguas. Durante los siglos XVII y XVIII, según la medicina victoriana, la mujer era un ser definido y limitado por sus órganos y funciones sexuales, un ser enfermo o al borde de la enfermedad, tanto física como psíquica.
El ginecólogo W. Tyler Smith, pionero de la obstetricia en Occidente, daba valor a la mujer como procreadora que debía ser protegida de todo tipo de riesgo, relegándola a una vida inactiva; a la parturienta debía prohibírsele que fuese atendida por parteras, puesto que esa presencia degradaba a la obstetricia.
Durante siglos las parteras o comadronas no recibieron ningún tipo de enseñanza formal y aprendían como ayudantes de parteras más experimentadas, pero en la Inglaterra de 1512 aparece por primera vez un control de comadronas. La Iglesia les proporcionaba la licencia, teniendo en cuenta la moralidad y fe de las candidatas, pues no querían que éstas administraran abortivos y practicaran brujería con las placentas y bebés nacidos muertos.
Actualmente, en países como España, el sistema de salud involucra a las comadronas durante todo el proceso de las gestantes, dejando a los doctores los casos de embarazos riesgosos. Otro país en implementar el sistema es México, donde existe una asociación de parteras que trabajan en llave con el sector salud en pueblos y ciudades.
Según Solie Carpayo, presidenta de la agremiación de parteras tradicionales de Brasil, que cuenta con sesenta mil miembros, el parto humanizado ha cobrado tanta importancia que su gremio trabaja en un proyecto de ley para remunerar su trabajo frente al Estado porque "¿cómo esperar remuneración económica de mujeres más pobres que nosotras? Una parte de la sociedad desconoce nuestra profesión y no reconoce la sabiduría que tenemos porque somos mujeres, pobres, negras, indígenas o analfabetas. La sabiduría está en las manos, el corazón y la cabeza. Muchas parteras pueden conocer el problema pero no tienen las herramientas para explicarse", afirma Solie frente a unas cincuenta mujeres de Asoparupa, reunidas en uno de sus encuentros académicos en Buenaventura.
Quince minutos de vida o muerte
Cuatro meses después de ese primer encuentro con las parteras de Buenaventura, regreso acudiendo al llamado de Feliciana Rentería, una partera con treinta años de experiencia, desplazada, que vive en la Isla de la Paz, un barrio de invasión donde la conocen como 'la pianguera' (recolectora de un molusco conocido como piangua), y partera oficial del barrio que entre sus funciones tiene controles a mujeres embarazadas, bebés ya nacidos, curaciones de ombligo, baños y tomas para otras deseosas de tener hijos.
El motivo de su llamado es el alumbramiento de Ingrid, su ahijada, quien cumplía los nueve meses de embarazo. Sin embargo, cinco días después el bebé no se decide a llegar.
Ya a punto de regresar a Bogotá, en una de las reuniones de Asoparupa, Feliciana se entera de que hay una mujer lista a parir en la tarde de ese sábado. Salgo enseguida para la casa de la partera Agripina Caicedo León, acompañada por Pascualina de Mosquera, partera asistente.
En el lugar está Luz Marina Sánchez, de 23 años. Será su cuarto hijo y Agripina, vigorosa negra de 40 años, le levanta suavemente la falda y hace un tacto mientras Luz permanece de pie con sus piernas ligeramente abiertas. La dilatación de su vagina permite suponer a Agripina que el niño estará fuera a la una de la tarde, como quien mide el nivel de aguas en una ponchera. Mientras, la madre recibe de Pascualina consejos para mermar el dolor: "camine mucho y respire bien profundo, no se me quede quieta". La futura mamá mueve entonces su falda blanca de un lado a otro en la sala donde las parteras se acomodan.
Se refrescan junto a la suegra de Luz Marina, quien la sigue por la habitación con la mirada fija. La tensión del ambiente merma cuando Pascualina habla de todo lo que sabe de partería: lo aprendió de su madre y su madre de su abuela... con 16 años atendió su primer parto y hoy, a los 87, la cabeza no le da para llevar el censo de tantos niños que ha recibido en sus manos. Cuenta que ella misma tuvo sola a sus 13 hijos.
La conversación se anima, las dos parteras empiezan a hablar y a reír al mismo tiempo. Pasan horas y ya son las dos de la tarde, pero Luz no tiene las contracciones seguidas y las comadronas empiezan a calentar hierbas que ayudan a la dilatación de la vagina. Se toman calientes con un poquito de pimienta y con el resto del agua se masajea la barriga de Luz cuya cara es plácida y sonriente.
A las 5:00 p.m. la demora vuelve a viciar el ambiente, pero las hierbas han hecho su trabajo y la vagina de Luz está casi lista aunque ella no siente dolor alguno en sus contracciones; va a ser un alumbramiento complicado, pienso cuando noto las miradas de preocupación que las parteras se hacen entre ellas al mirar el reloj.
A las 6:30 p.m. Pascualina atiende otro dolor 'pasajero' de Luz Marina, la recuesta en la cama acondicionada para el parto y le dice con voz maternal: "si usted se acuesta ya no se levanta, póngase seria". Empiezan los quince minutos más angustiosos: Luz Marina gime y Agripina le dice mientras se acomoda tras ella: "ahora si mamita, puje cuando le llegue el dolor". La vagina se dilata como un caucho y veo cómo Pascualina la acomoda. La fuente es lo primero que sale, reventada por la fuerza del niño que viene en camino. Es el aviso de la llegada del bebé y Luz Marina siente un dolor muy fuerte mientras Agripina acomoda su barriga y un líquido amarillento, de olor dulce y salado, salta y moja a Pascualina. "Puje por su hijo", ordena, pero la madre susurra: "no siento dolor pa'pujar". Las parteras se miran y rezan.
Los minutos son eternos. La cabeza no sale y los pujos no están acompañados de dolor. Pascualina le dice a la madre: "¡puje, así no sienta dolor; si no, ese hijo se le ahoga!". Un grito seco sale por la garganta de Luz Marina y Agripina aprieta su cintura al tiempo que Pascualina ayuda con sus dedos a salir al niño, que viene con la cabeza por delante. Está bien y se oyen risas, aplausos y enseguida las gracias a Dios de las parteras mientras limpian la escena.
Pascualina toma el niño, corta su ombligo y lo limpia. Así termina otro día de trabajo para las parteras unidas del Pacifico, la aplicación de conocimientos pasados de generación en generación. Agripina asea a la madre, que sonríe plácida, feliz con su nuevo hijo varón.
Fuente: Revista Credencial
Antes de llegar hasta las puertas de la oficina escuché un gran rumor. Dentro estaban 40 parteras, todas con una cigüeña estampada sobre una camiseta blanca. Luego de los efusivos saludos y abrazos, algunas ocupan las sillas disponibles y Rosminda Quiñones, partera líder, rompe el silencio leyendo el orden del día con el primer tema a ser discutido por la Asociación de Parteras del Pacífico -Asoparupa-: acciones para obtener los subsidios y ayudas que brinda la Alcaldía para el mejoramiento de vivienda. Se habla también de la huerta comunitaria y de los encuentros académicos que se aproximan.
Se declara un receso, unas hablan de partos en la oficina y otras recogen hierbas entrelazadas en la huerta sembrada entre palmeras. Con ellas prepararán infusiones y remedios para sus pacientes porque la medicina tradicional es uno de los principales componentes de su cultura. Y es una fortuna que sea así, pues la experiencia y conocimientos de yerbateras y parteras suplen y refuerzan en la 'clandestinidad' un sistema de salud que pocas veces cubre las zonas rurales del Pacífico colombiano.
Unidas y organizadas
La primera partera en decidir que unión y organización eran necesarias para vivir mejor la vida fue Rosminda Quiñones, quien vive en la primera etapa del barrio La Independencia, en Buenaventura. Entrada en años, vital, sonriente y redonda, de cálidas manos y ojos profundos, con un gorrito blanco como de bebé que le da un aspecto bonachón, es firme y directa cuando habla sobre los problemas que ha tenido con la televisión, la prensa y las universidades en cuanto al manejo de la información sobre el quehacer de la partería que ella les ha brindado.
Es obvio que Rosminda quiere advertirme sobre mi versión de su trabajo, la conservación del patrimonio cultural de sus ancestros africanos, la medicina tradicional y el parto humanizado. No desea que su profesión se convierta en un tópico simplista más, en otra "de esas cosas que hacen los negros en el Pacífico".
El término 'parto humanizado' es de uso corriente para las mujeres de Asoparupa y se fundamenta en la valoración del mundo afectivo y emocional de la parturienta, la consideración de los deseos y necesidades de madre e hijo. La libertad y el derecho que tienen ellas o las parejas para tomar decisiones sobre el parto, un momento vital y natural en la vida.
El parto humanizado respeta la medicina y sus avances en casos de embarazos que por complicaciones mayores requieran de procedimientos médicos especializados, pero se opone a las prácticas que someten a madre e hijo a procedimientos de intervención hostiles por lo rutinarios, que no consideran a la embarazada como individuo y transforman su experiencia en una actitud asistencial violenta, un procedimiento médico del doctor de turno.
El conflicto de las parteras con la medicina moderna tiene raíces muy antiguas. Durante los siglos XVII y XVIII, según la medicina victoriana, la mujer era un ser definido y limitado por sus órganos y funciones sexuales, un ser enfermo o al borde de la enfermedad, tanto física como psíquica.
El ginecólogo W. Tyler Smith, pionero de la obstetricia en Occidente, daba valor a la mujer como procreadora que debía ser protegida de todo tipo de riesgo, relegándola a una vida inactiva; a la parturienta debía prohibírsele que fuese atendida por parteras, puesto que esa presencia degradaba a la obstetricia.
Durante siglos las parteras o comadronas no recibieron ningún tipo de enseñanza formal y aprendían como ayudantes de parteras más experimentadas, pero en la Inglaterra de 1512 aparece por primera vez un control de comadronas. La Iglesia les proporcionaba la licencia, teniendo en cuenta la moralidad y fe de las candidatas, pues no querían que éstas administraran abortivos y practicaran brujería con las placentas y bebés nacidos muertos.
Actualmente, en países como España, el sistema de salud involucra a las comadronas durante todo el proceso de las gestantes, dejando a los doctores los casos de embarazos riesgosos. Otro país en implementar el sistema es México, donde existe una asociación de parteras que trabajan en llave con el sector salud en pueblos y ciudades.
Según Solie Carpayo, presidenta de la agremiación de parteras tradicionales de Brasil, que cuenta con sesenta mil miembros, el parto humanizado ha cobrado tanta importancia que su gremio trabaja en un proyecto de ley para remunerar su trabajo frente al Estado porque "¿cómo esperar remuneración económica de mujeres más pobres que nosotras? Una parte de la sociedad desconoce nuestra profesión y no reconoce la sabiduría que tenemos porque somos mujeres, pobres, negras, indígenas o analfabetas. La sabiduría está en las manos, el corazón y la cabeza. Muchas parteras pueden conocer el problema pero no tienen las herramientas para explicarse", afirma Solie frente a unas cincuenta mujeres de Asoparupa, reunidas en uno de sus encuentros académicos en Buenaventura.
Quince minutos de vida o muerte
Cuatro meses después de ese primer encuentro con las parteras de Buenaventura, regreso acudiendo al llamado de Feliciana Rentería, una partera con treinta años de experiencia, desplazada, que vive en la Isla de la Paz, un barrio de invasión donde la conocen como 'la pianguera' (recolectora de un molusco conocido como piangua), y partera oficial del barrio que entre sus funciones tiene controles a mujeres embarazadas, bebés ya nacidos, curaciones de ombligo, baños y tomas para otras deseosas de tener hijos.
El motivo de su llamado es el alumbramiento de Ingrid, su ahijada, quien cumplía los nueve meses de embarazo. Sin embargo, cinco días después el bebé no se decide a llegar.
Ya a punto de regresar a Bogotá, en una de las reuniones de Asoparupa, Feliciana se entera de que hay una mujer lista a parir en la tarde de ese sábado. Salgo enseguida para la casa de la partera Agripina Caicedo León, acompañada por Pascualina de Mosquera, partera asistente.
En el lugar está Luz Marina Sánchez, de 23 años. Será su cuarto hijo y Agripina, vigorosa negra de 40 años, le levanta suavemente la falda y hace un tacto mientras Luz permanece de pie con sus piernas ligeramente abiertas. La dilatación de su vagina permite suponer a Agripina que el niño estará fuera a la una de la tarde, como quien mide el nivel de aguas en una ponchera. Mientras, la madre recibe de Pascualina consejos para mermar el dolor: "camine mucho y respire bien profundo, no se me quede quieta". La futura mamá mueve entonces su falda blanca de un lado a otro en la sala donde las parteras se acomodan.
Se refrescan junto a la suegra de Luz Marina, quien la sigue por la habitación con la mirada fija. La tensión del ambiente merma cuando Pascualina habla de todo lo que sabe de partería: lo aprendió de su madre y su madre de su abuela... con 16 años atendió su primer parto y hoy, a los 87, la cabeza no le da para llevar el censo de tantos niños que ha recibido en sus manos. Cuenta que ella misma tuvo sola a sus 13 hijos.
La conversación se anima, las dos parteras empiezan a hablar y a reír al mismo tiempo. Pasan horas y ya son las dos de la tarde, pero Luz no tiene las contracciones seguidas y las comadronas empiezan a calentar hierbas que ayudan a la dilatación de la vagina. Se toman calientes con un poquito de pimienta y con el resto del agua se masajea la barriga de Luz cuya cara es plácida y sonriente.
A las 5:00 p.m. la demora vuelve a viciar el ambiente, pero las hierbas han hecho su trabajo y la vagina de Luz está casi lista aunque ella no siente dolor alguno en sus contracciones; va a ser un alumbramiento complicado, pienso cuando noto las miradas de preocupación que las parteras se hacen entre ellas al mirar el reloj.
A las 6:30 p.m. Pascualina atiende otro dolor 'pasajero' de Luz Marina, la recuesta en la cama acondicionada para el parto y le dice con voz maternal: "si usted se acuesta ya no se levanta, póngase seria". Empiezan los quince minutos más angustiosos: Luz Marina gime y Agripina le dice mientras se acomoda tras ella: "ahora si mamita, puje cuando le llegue el dolor". La vagina se dilata como un caucho y veo cómo Pascualina la acomoda. La fuente es lo primero que sale, reventada por la fuerza del niño que viene en camino. Es el aviso de la llegada del bebé y Luz Marina siente un dolor muy fuerte mientras Agripina acomoda su barriga y un líquido amarillento, de olor dulce y salado, salta y moja a Pascualina. "Puje por su hijo", ordena, pero la madre susurra: "no siento dolor pa'pujar". Las parteras se miran y rezan.
Los minutos son eternos. La cabeza no sale y los pujos no están acompañados de dolor. Pascualina le dice a la madre: "¡puje, así no sienta dolor; si no, ese hijo se le ahoga!". Un grito seco sale por la garganta de Luz Marina y Agripina aprieta su cintura al tiempo que Pascualina ayuda con sus dedos a salir al niño, que viene con la cabeza por delante. Está bien y se oyen risas, aplausos y enseguida las gracias a Dios de las parteras mientras limpian la escena.
Pascualina toma el niño, corta su ombligo y lo limpia. Así termina otro día de trabajo para las parteras unidas del Pacifico, la aplicación de conocimientos pasados de generación en generación. Agripina asea a la madre, que sonríe plácida, feliz con su nuevo hijo varón.
Fuente: Revista Credencial




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