Territorio Chocoano Noticias - Quibdó (Chocó)

Monday
May 21st
Text size
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

El arte de tejer de los indígenas del Chocó se muere entre la guerra

El tramado casi perfecto tejido con el bejuco o wachusco, al que los embera llaman sisu, toma forma de canasto por las manos de Rosalba Bitucay Evao, una embera wera (mujer) que quiere mantener e inmortalizar con el trabajo de sus dedos pequeños y regordetos, las costumbres de su comunidad que los fusiles y los uniformes de la guerra quieren arrancarle a la fuerza.
En el sopor de las dos de la tarde, cuando el sol resalta el color verdoso que toma el río Atrato a su paso por la comunidad embera de El Consuelo, sector Carretera, en la vía que une a la capital chocoana con Medellín, las manos pequeñas de Rosalba, se mueven con agilidad.
Sentada en un rincón de su casa de madera, ensimismada en el tejido que será un regalo para su esposo, vestida de rojo y con una rosa artificial en su cabeza comprada en un mercado de Quibdó, la mujer no entiende cómo ni por qué el Ejército o la guerrilla no los dejan continuar con las tradiciones de "los abuelos de sus abuelos".
Esta situación, la ha convertido en una de las últimas tejedoras de su resguardo.
Sin perder la concentración y sin levantar su rostro moreno, Rosalba entreteje el bambú, y con una seriedad que se pierde con su pintura facial, dice tristemente: "Es difícil conseguir los materiales porque en el camino nos encontramos al goro goro (Ejército) o la meambema (guerrilla) y nos tratan mal. La guerrilla a veces nos pide que les llevemos las armas a sus campamentos y si nos negamos nos dicen que nos puede ir muy mal. El Ejército nos acusa de colaboradores de la guerrilla. Ya no sabemos qué hacer".
Cerca de su comunidad, uno de los gobernadores de los resguardos indígenas que habitan a la vera de la carretera entre Quibdó y Carmen de Atrato, en el Chocó, ya no sabe que más tomar para calmar el eterno dolor de cabeza que lo aqueja hace dos días.
Esas punzadas que soporta, le recuerdan cada vez que le llegan a sus sienes, las continuas agresiones a las que se ha visto sometida su comunidad por los actores armados del conflicto. Por eso la mejor medicina para él, ha sido prohibir que las mujeres caminen solas por fuera del resguardo.
"Sabemos que muchos de ellos les dan cosas o las invitan a conversar y cuando ellas no les brindan atención ellos se ponen groseros. Por eso les decimos que no se acerquen a ellos", afirma el gobernador.
Interrumpidas por unas botas
Los pies descalzos de Rosalba y otras tejedoras, emprenden cada mes, la jornada de un día de camino que las lleva donde hay mucho bejuco. En menguante y cuando el sol "esta frío", es para las embera el momento perfecto para coger el wachusco. Este territorio, alejado de su comunidad, es para ellas un lugar sagrado porque "donde crece sisu, son tierras buenas".
Al llegar, las tejedoras duermen en medio de la selva a la espera de que al despuntar el alba, en ese sublime instante en que amanece pero aún no es de día, puedan cortar el mejor bejuco para hacer los canastos que más tarde servirán para traer el kimi (guineo) o las producciones de sus parcelas.
Allí oran a su dios Karagabí, dan gracias por este material y piden que mantenga este lugar productivo para siempre. "Pedimos que lo que cojamos nos sirva y que para la próxima vez, los bejucos no se sequen", dice la embera wera.
Pero uno de esos días, mientras oraban, unas botas irrumpieron en el silencio de este lugar sagrado. Según las tejedoras, soldados del batallón Alfonso Flórez Manosalva que patrullan en esta parte de las selvas chocoanas, las acusaron de ser guías de la guerrilla y de delatar su posición a la insurgencia. "Nos sacaron del territorio sagrado, señalándonos con sus fusiles", dijo una tejedora.
El coronel Juan Pablo Jerez Cuéllar, comandante de la brigada XV a la cual pertenece este batallón, explicó que para el Ejército no puede haber territorio vedado, pues su función constitucional es brindar seguridad a lo largo y ancho del país.
"Los soldados pueden transitar por cualquier parte del territorio nacional porque la Constitución así lo dice. Hemos respetado la comunidad indígena. No meternos con ellos es una orden que hemos dado, pero no podemos para proteger la vida, salir por un lado y bordear para no meternos en su territorio. Respetamos la comunidad, sus tradiciones y su gobierno independiente y eso lo sabe la tropa", afirmó Jerez Cuéllar.
"Si hay un solo caso en que un soldado le haya volteado el canasto a un indígena, o que haya una agresión, nosotros inmediatamente investigaremos. Pero cuando dicen "es que los soldados...", no hay denuncia concreta. Necesitamos algo real, porque yo puedo inventar. Pero si yo digo en tal día o tal fecha, investigaremos", dijo el coronel.
El miedo les quitó los tejidos
A Rosalba y otras tejedoras, el jaiperabu (miedo) les ha confinado el alma. No quieren volver por el sisu porque se encuentran con los actores armados, además, alguna vez en su camino se encontraron un artefacto que al parecer era un explosivo. Por orden del gobernador de su comunidad, no caminaron más por esta ruta y nadie podía acercarse a este sitio. Sumado a esto, los continuos encuentros con los guerrilleros les generaba problemas con el Ejército.
Patricia Tascón Yagarí, abogada de la Asociación Indígena Orewa, dice que ante la pérdida de las costumbres de los embera, por la presencia y agresiones de los grupos armados, "lo más urgente es que el estado colombiano garantice a las comunidades el cumplimiento de los derechos fundamentales", y enfatiza que "es necesario que estén activas todas las Ong y las gubernamentales para atender las reclamaciones y solicitudes para que en este territorio puedan cesar el fuego y las agresiones".
En su tambo, Rosalba a veces prefiere hacer otras cosas que no tienen nada que ver con su cultura. Pese a esto y a los ultrajes de los grupos armados, no quiere ser la última de las tejedoras de su resguardo. Cuando ve y siente que algunas de sus costumbres están perdidas, busca el sisu y comienza a tejer. De esta forma siente que las usanzas que le dejaron los "abuelos de sus abuelos" las puede retener, otros añitos más, en sus manos tejedoras de canasto.
Fuente: El Colombiano
Indígenas tejen
El tramado casi perfecto tejido con el bejuco o wachusco, al que los embera llaman sisu, toma forma de canasto por las manos de Rosalba Bitucay Evao, una embera wera (mujer) que quiere mantener e inmortalizar con el trabajo de sus dedos pequeños y regordetos, las costumbres de su comunidad que los fusiles y los uniformes de la guerra quieren arrancarle a la fuerza.

En el sopor de las dos de la tarde, cuando el sol resalta el color verdoso que toma el río Atrato a su paso por la comunidad embera de El Consuelo, sector Carretera, en la vía que une a la capital chocoana con Medellín, las manos pequeñas de Rosalba, se mueven con agilidad.

Sentada en un rincón de su casa de madera, ensimismada en el tejido que será un regalo para su esposo, vestida de rojo y con una rosa artificial en su cabeza comprada en un mercado de Quibdó, la mujer no entiende cómo ni por qué el Ejército o la guerrilla no los dejan continuar con las tradiciones de "los abuelos de sus abuelos".

Esta situación, la ha convertido en una de las últimas tejedoras de su resguardo.

Sin perder la concentración y sin levantar su rostro moreno, Rosalba entreteje el bambú, y con una seriedad que se pierde con su pintura facial, dice tristemente: "Es difícil conseguir los materiales porque en el camino nos encontramos al goro goro (Ejército) o la meambema (guerrilla) y nos tratan mal. La guerrilla a veces nos pide que les llevemos las armas a sus campamentos y si nos negamos nos dicen que nos puede ir muy mal. El Ejército nos acusa de colaboradores de la guerrilla. Ya no sabemos qué hacer".

Cerca de su comunidad, uno de los gobernadores de los resguardos indígenas que habitan a la vera de la carretera entre Quibdó y Carmen de Atrato, en el Chocó, ya no sabe que más tomar para calmar el eterno dolor de cabeza que lo aqueja hace dos días.

Esas punzadas que soporta, le recuerdan cada vez que le llegan a sus sienes, las continuas agresiones a las que se ha visto sometida su comunidad por los actores armados del conflicto. Por eso la mejor medicina para él, ha sido prohibir que las mujeres caminen solas por fuera del resguardo.

"Sabemos que muchos de ellos les dan cosas o las invitan a conversar y cuando ellas no les brindan atención ellos se ponen groseros. Por eso les decimos que no se acerquen a ellos", afirma el gobernador.

Interrumpidas por unas botas
Los pies descalzos de Rosalba y otras tejedoras, emprenden cada mes, la jornada de un día de camino que las lleva donde hay mucho bejuco. En menguante y cuando el sol "esta frío", es para las embera el momento perfecto para coger el wachusco. Este territorio, alejado de su comunidad, es para ellas un lugar sagrado porque "donde crece sisu, son tierras buenas".

Al llegar, las tejedoras duermen en medio de la selva a la espera de que al despuntar el alba, en ese sublime instante en que amanece pero aún no es de día, puedan cortar el mejor bejuco para hacer los canastos que más tarde servirán para traer el kimi (guineo) o las producciones de sus parcelas.

Allí oran a su dios Karagabí, dan gracias por este material y piden que mantenga este lugar productivo para siempre. "Pedimos que lo que cojamos nos sirva y que para la próxima vez, los bejucos no se sequen", dice la embera wera.

Pero uno de esos días, mientras oraban, unas botas irrumpieron en el silencio de este lugar sagrado. Según las tejedoras, soldados del batallón Alfonso Flórez Manosalva que patrullan en esta parte de las selvas chocoanas, las acusaron de ser guías de la guerrilla y de delatar su posición a la insurgencia. "Nos sacaron del territorio sagrado, señalándonos con sus fusiles", dijo una tejedora.

El coronel Juan Pablo Jerez Cuéllar, comandante de la brigada XV a la cual pertenece este batallón, explicó que para el Ejército no puede haber territorio vedado, pues su función constitucional es brindar seguridad a lo largo y ancho del país.

"Los soldados pueden transitar por cualquier parte del territorio nacional porque la Constitución así lo dice. Hemos respetado la comunidad indígena. No meternos con ellos es una orden que hemos dado, pero no podemos para proteger la vida, salir por un lado y bordear para no meternos en su territorio. Respetamos la comunidad, sus tradiciones y su gobierno independiente y eso lo sabe la tropa", afirmó Jerez Cuéllar.

"Si hay un solo caso en que un soldado le haya volteado el canasto a un indígena, o que haya una agresión, nosotros inmediatamente investigaremos. Pero cuando dicen "es que los soldados...", no hay denuncia concreta. Necesitamos algo real, porque yo puedo inventar. Pero si yo digo en tal día o tal fecha, investigaremos", dijo el coronel.

El miedo les quitó los tejidos
A Rosalba y otras tejedoras, el jaiperabu (miedo) les ha confinado el alma. No quieren volver por el sisu porque se encuentran con los actores armados, además, alguna vez en su camino se encontraron un artefacto que al parecer era un explosivo. Por orden del gobernador de su comunidad, no caminaron más por esta ruta y nadie podía acercarse a este sitio. Sumado a esto, los continuos encuentros con los guerrilleros les generaba problemas con el Ejército.

Patricia Tascón Yagarí, abogada de la Asociación Indígena Orewa, dice que ante la pérdida de las costumbres de los embera, por la presencia y agresiones de los grupos armados, "lo más urgente es que el estado colombiano garantice a las comunidades el cumplimiento de los derechos fundamentales", y enfatiza que "es necesario que estén activas todas las Ong y las gubernamentales para atender las reclamaciones y solicitudes para que en este territorio puedan cesar el fuego y las agresiones".

En su tambo, Rosalba a veces prefiere hacer otras cosas que no tienen nada que ver con su cultura. Pese a esto y a los ultrajes de los grupos armados, no quiere ser la última de las tejedoras de su resguardo. Cuando ve y siente que algunas de sus costumbres están perdidas, busca el sisu y comienza a tejer. De esta forma siente que las usanzas que le dejaron los "abuelos de sus abuelos" las puede retener, otros añitos más, en sus manos tejedoras de canasto.

Fuente: El Colombiano
 

Escribir un comentario

Las opiniones expresadas aquí por los usuarios son libres y de ellas son responsables sus autores. No comprometen el pensamiento editorial de Territorio Chocoano Noticias. Los comentarios ofensivos, racistas y discriminatorios que inciten a la violencia o que infrinjan leyes colombianas serán eliminados.

Publicidad



Publicidad