Un elegante hombre blanco de dudosa descendencia española se despierta muy temprano en la mañana, toma un poco de café oscuro importado, algunos waffles cubiertos de miel y una gran rebanada de queso holandés que es su favorito; el hombre oliendo a una extravagante fragancia Jean Paul Gaultier toma las llaves de su apenas lujoso Volkswagen modelo 2010 para dirigirse a su fría pero moderna oficina en el centro de la ciudad.
Mucho más temprano en la mañana un fornido hombre negro, seguramente descendiente de zulúes o bantúes, se despierta para ir a su trabajo; su abnegada esposa desde antes que saliera el sol ya tenía preparado en un viejo portacomidas el almuerzo de su esposo. El hombre no puede darse el lujo de desayunar, pero sí toma un poco de aguapanela antes de partir.
El elegante hombre blanco quien más bien parece mestizo, se ha dedicado toda la mañana a firmar papeles, a hablar por teléfono, a gritar a su secretaria, a revisar el correo desde su laptop, pero principalmente a quejarse incesantemente de que su próspera empresa de construcciones está a punto de colapsar.
Por otra parte el fornido hombre negro ha soportado la inclemencia del sol de la mañana, ha cargado cientos de bultos de cemento, cientos de piedras y ladrillos y lo único que ha hecho es agradecerle a la vida por siquiera tener asegurado el sustento del día.
Llega la hora del almuerzo y el elegante hombre blanco de apariencia mestiza decide invitar a su esposa de busto exuberante, nariz respingada y cola elevada, a algo ligero de comer en algún exclusivo restaurante italiano de la circunvalar; no saben si ordenar ravioli, risotto o cannelloni, no saben si acompañar el almuerzo con vino chileno o vino de la toscana, no saben si pedir gelato o tiramisú.
El fornido hombre negro destapa el viejo portacomidas y sin la posibilidad de elegir degusta las delgadas rebanadas de salchichón frito, las tajadas de plátano maduro y el arroz que su esposa con todo el sazón del Pacífico muy temprano en la mañana se esmeró en preparar.
Después de una extenuante jornada laboral el hombre blanco de apariencia mestiza decide regresar a su hogar junto a su esposa y sus dos adorables niñas; las pequeñas le cuentan a su padre todo lo que hicieron durante el día: jugaron, bailaron, pintaron y estudiaron en el tradicional colegio de monjas al que asisten.
También después de una extenuante jornada laboral, el fornido hombre negro regresa a su pequeño hogar en compañía de su esposa; sus hijas no están en casa pues se han tenido que quedar en Quibdó junto a su abuela materna, los padres deciden llamarlas con el poco dinero que han conseguido y les prometen que el fin de mes irán a visitarlas y a llevarles algunos regalos.
Hace cerca de veinte años el régimen del apartheid fue abolido, desde entonces muchos sudafricanos se han esforzado en convertir a la Nación en un ejemplo de equidad e igualdad social y aunque aún resultan insuficientes los esfuerzos tanto del gobierno como del pueblo, los sudafricanos aún siguen empecinados en disminuir las escandalosas diferencias entre ricos y pobres, entre blancos y negros.
Colombia es un verdadero crisol de culturas, etnias y razas, según una reciente encuesta realizada por el DANE, como colombianos nos constituimos de la siguiente manera: 52% mestizos, 26% negros, 20% blancos, 1.5% indígenas y 0.5 % extranjeros. Lo cual nos convierte en el segundo país de Latinoamérica con mayor población afro descendiente después de Brasil y ratifica que los negros en Colombia ya no son una minoría.
Pero en Colombia ocurre un fenómeno particular que no se presenta ni en Brasil e incluso ha venido disminuyéndose sustancialmente en Sudáfrica, y es que la mayoría de nuestros negros son pobres marginales que no alcanzan a satisfacer sus más básicas necesidades.
Según informes del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), el número de pobres en Colombia asciende a un desbordante 57% de la población, y en el departamento del Chocó la cifra alcanza el 79,7% de la población superando considerablemente la media nacional; lo anterior podría suponer una contundente evidencia del tradicional desinterés gubernamental por el departamento más pobre del país, el cual adicionalmente no posee una adecuada infraestructura vial, un adecuado sistema de acueducto y alcantarillado o una importante participación industrial.
Si nos tomamos un momento para analizar la participación del afrodescendiente en la política o en la economía nacional nos daremos cuenta que no hay magistrados negros en las altas cortes del país, no hay embajadores negros, no hay oficiales negros de alta graduación en las fuerzas armadas colombianas e incluso me atrevería a decir que es casi imposible ver a un afrodescendiente gerenciando un banco o una empresa, y no porque no estén capacitados, sino porque el gobierno no ha procurado abrirle espacios en los altos cargos del estado. Como mestizo de blanca apariencia y de muchas descendencias debo conformarme con saber que este país ha tenido solo una ministra negra en doscientos años de vergonzosa y racista historia nacional.
Por otra parte resulta común ver a los negros desempeñando labores como obreros, empleadas domésticas, albañiles, pescadores, carpinteros o vendedores de frutas; trabajos que definitivamente no requieren de un esfuerzo intelectual significativo y que demuestran que como sociedad hemos aprendido a subvalorar las capacidades de una raza que también ha forjado nuestra República.
Se acerca la celebración del bicentenario nacional y me inquieta saber que tenemos preparado como Nación para reivindicarnos con el pueblo al que vilmente hemos invisibilizado durante siglos, aquel pueblo que también le pertenece a Colombia pero al cual hemos tratado como forastero, a aquel pueblo que con hipocresía.
Fuente: Diario del Otún
Un elegante hombre blanco de dudosa descendencia española se despierta muy temprano en la mañana, toma un poco de café oscuro importado, algunos waffles cubiertos de miel y una gran rebanada de queso holandés que es su favorito; el hombre oliendo a una extravagante fragancia Jean Paul Gaultier toma las llaves de su apenas lujoso Volkswagen modelo 2010 para dirigirse a su fría pero moderna oficina en el centro de la ciudad.Mucho más temprano en la mañana un fornido hombre negro, seguramente descendiente de zulúes o bantúes, se despierta para ir a su trabajo; su abnegada esposa desde antes que saliera el sol ya tenía preparado en un viejo portacomidas el almuerzo de su esposo. El hombre no puede darse el lujo de desayunar, pero sí toma un poco de aguapanela antes de partir.
El elegante hombre blanco quien más bien parece mestizo, se ha dedicado toda la mañana a firmar papeles, a hablar por teléfono, a gritar a su secretaria, a revisar el correo desde su laptop, pero principalmente a quejarse incesantemente de que su próspera empresa de construcciones está a punto de colapsar.
Por otra parte el fornido hombre negro ha soportado la inclemencia del sol de la mañana, ha cargado cientos de bultos de cemento, cientos de piedras y ladrillos y lo único que ha hecho es agradecerle a la vida por siquiera tener asegurado el sustento del día.
Llega la hora del almuerzo y el elegante hombre blanco de apariencia mestiza decide invitar a su esposa de busto exuberante, nariz respingada y cola elevada, a algo ligero de comer en algún exclusivo restaurante italiano de la circunvalar; no saben si ordenar ravioli, risotto o cannelloni, no saben si acompañar el almuerzo con vino chileno o vino de la toscana, no saben si pedir gelato o tiramisú.
El fornido hombre negro destapa el viejo portacomidas y sin la posibilidad de elegir degusta las delgadas rebanadas de salchichón frito, las tajadas de plátano maduro y el arroz que su esposa con todo el sazón del Pacífico muy temprano en la mañana se esmeró en preparar.
Después de una extenuante jornada laboral el hombre blanco de apariencia mestiza decide regresar a su hogar junto a su esposa y sus dos adorables niñas; las pequeñas le cuentan a su padre todo lo que hicieron durante el día: jugaron, bailaron, pintaron y estudiaron en el tradicional colegio de monjas al que asisten.
También después de una extenuante jornada laboral, el fornido hombre negro regresa a su pequeño hogar en compañía de su esposa; sus hijas no están en casa pues se han tenido que quedar en Quibdó junto a su abuela materna, los padres deciden llamarlas con el poco dinero que han conseguido y les prometen que el fin de mes irán a visitarlas y a llevarles algunos regalos.
Hace cerca de veinte años el régimen del apartheid fue abolido, desde entonces muchos sudafricanos se han esforzado en convertir a la Nación en un ejemplo de equidad e igualdad social y aunque aún resultan insuficientes los esfuerzos tanto del gobierno como del pueblo, los sudafricanos aún siguen empecinados en disminuir las escandalosas diferencias entre ricos y pobres, entre blancos y negros.
Colombia es un verdadero crisol de culturas, etnias y razas, según una reciente encuesta realizada por el DANE, como colombianos nos constituimos de la siguiente manera: 52% mestizos, 26% negros, 20% blancos, 1.5% indígenas y 0.5 % extranjeros. Lo cual nos convierte en el segundo país de Latinoamérica con mayor población afro descendiente después de Brasil y ratifica que los negros en Colombia ya no son una minoría.
Pero en Colombia ocurre un fenómeno particular que no se presenta ni en Brasil e incluso ha venido disminuyéndose sustancialmente en Sudáfrica, y es que la mayoría de nuestros negros son pobres marginales que no alcanzan a satisfacer sus más básicas necesidades.
Según informes del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), el número de pobres en Colombia asciende a un desbordante 57% de la población, y en el departamento del Chocó la cifra alcanza el 79,7% de la población superando considerablemente la media nacional; lo anterior podría suponer una contundente evidencia del tradicional desinterés gubernamental por el departamento más pobre del país, el cual adicionalmente no posee una adecuada infraestructura vial, un adecuado sistema de acueducto y alcantarillado o una importante participación industrial.
Si nos tomamos un momento para analizar la participación del afrodescendiente en la política o en la economía nacional nos daremos cuenta que no hay magistrados negros en las altas cortes del país, no hay embajadores negros, no hay oficiales negros de alta graduación en las fuerzas armadas colombianas e incluso me atrevería a decir que es casi imposible ver a un afrodescendiente gerenciando un banco o una empresa, y no porque no estén capacitados, sino porque el gobierno no ha procurado abrirle espacios en los altos cargos del estado. Como mestizo de blanca apariencia y de muchas descendencias debo conformarme con saber que este país ha tenido solo una ministra negra en doscientos años de vergonzosa y racista historia nacional.
Por otra parte resulta común ver a los negros desempeñando labores como obreros, empleadas domésticas, albañiles, pescadores, carpinteros o vendedores de frutas; trabajos que definitivamente no requieren de un esfuerzo intelectual significativo y que demuestran que como sociedad hemos aprendido a subvalorar las capacidades de una raza que también ha forjado nuestra República.
Se acerca la celebración del bicentenario nacional y me inquieta saber que tenemos preparado como Nación para reivindicarnos con el pueblo al que vilmente hemos invisibilizado durante siglos, aquel pueblo que también le pertenece a Colombia pero al cual hemos tratado como forastero, a aquel pueblo que con hipocresía.
Fuente: Diario del Otún




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