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May 22nd
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Más allá de los falsos íconos

Han pasado varios meses desde el lanzamiento de la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana y no cesa la polémica acerca de su contenido, su costo, los autores y otros temas conexos. Durante este lapso diferentes puntos de vistas se han expresado en diversos medios de comunicaciones sobre dicha colección. En efecto, ha recibido el respaldo de una gama de destacados estudiosos y defensores de las reinvindicaciones de las minorías étnicas como Farid Samir Benavides, Claudia Mosquera Rosero-Labbé, Carlos Vidales y Adolfo Albán Achinte, entre otros.
Igualmente una cascada de críticas como las del cineasta Manuel Kalmanovitz que por su condición de proyecto institucional la calificó de “intrascendente e innecesaria” y otra serie de opiniones de personajes que la descalifican por no haber sido incluidos. Aclaro: no pretendo fungir como defensor del Ministerio de Cultura, sino de la obra y la trayectoria de unos escritores que sin rótulos raciales han sido y son grandes exponentes de la literatura colombiana como Candelario Obeso, Manuel Zapata Olivella, Gregorio Sánchez Gómez, Jorge Ártel, Carlos Arturo Truque, Rogerio Velásquez, Helcías Martán Góngora, Hugo Salazar Valdés, Arnoldo Palacios y Oscar Collazos, entre otros.
Critico la postura de algunos personajes que sin muchos méritos y con obras que no resisten un buen escrutinio literario, pero amparados en el ropaje de la nueva burocracia étnica y de la tutela oficial aspiran a llegar a los altares de las letras colombianas. Personajes que sustentados en el relativismo cultural consideran que por sus condiciones étnicas sus textos tenían que haber formado parte de la colección y de otras en el futuro.
Lo controvertido del asunto es que estos señores de la elite de “afronotables” como los califica Samira Moreno, creen que por la pigmentación de su piel se han ganado el galardón de ser “inscritos con letras doradas dentro de las élites de escritores y líderes afros”. Los mismos que revestidos de esas aureolas impulsan una política de endogamia racial y una peligrosa xenofobia contra mulatos, mestizos e indígenas que tendrá funestas consecuencias para la convivencia étnica en los asentamientos de mayoría negra.
Uno de los inconformes es el escritor Manuel Lozano Peña, quién considera que él merecía estar porque hace parte de las “elites de escritores del Chocó”. Dice en una columna que publicó en el periódico EL Manduco “que en esta colección hay exclusión, no están todos los que son, y faltamos muchos que hemos aportado con nuestras creaciones literarias” (...) porque nadie tiene la autoridad para desechar creaciones literarias, si no ha mediado un concurso. Lo otro es conventillo que discrimina”.
Es tan grande el ego de Lozano que sin tener una gran trayectoria intelectual como escritor y sin que su obra haya tenido la valoración de grandes exponentes de la crítica literaria colombiana, aspiraba verse en esos 19 tomos. Lozano sustenta su argumento en la falacia que “no hay obra literaria mala” para indicar que “todos los escritores afrochocoanos merecemos estar en una colección como” la Biblioteca de Literatura Afro.
Lozano, inspirado en el enorme ego de “afronotables” que han tenido los miembros del extinto clan político de los Lozanos, de nefasta recordación en el Chocó, no examinó la razones de fondo de la selección de los autores, las trayectorias literaria e intelectual de los escritores y, desde luego, de los que integraron el Comité Editorial como Roberto Burgos Cantor y Alfonso Múnera. Simplemente se queda en la cáscara y señala la colección como un “refrito” cuando en honor a la verdad sus dos obras “Monedas de aluminios y otras narraciones” y “El último cadáver” no resisten un análisis literario.
Para aminorar su egocentrismo, señala que también hicieron falta otros escritores chocoanos, pero en este aspecto también discrepo con Lozano. En los últimos años me he dedicado a leer y a releer las obras de varios autores afros y especialmente a los chocoanos y de ese ejercicio he concluido que la mayoría producen sin mucho rigor, motivados más por acumular puntajes para el escalafón docente que en la calidad y profundidad de sus textos.
La producción literaria de algunos de ellos, a pesar de ser abundante, es gran parte deficiente y mediocre y, por ende, no ha trascendido más allá del círculo de las mutuas alabanzas parroquiales. Entonces por falta de crítica literaria pululan estas “supuestas vacas sagradas” de la literatura, pero que si profundizamos en un estudio de sus obras, seguramente que se derrumbarán muchos de los falsos íconos de la autodenominada intelectualidad afro.
Por José E. Mosquera, columnista de El Mundo
jose mosqueraHan pasado varios meses desde el lanzamiento de la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana y no cesa la polémica acerca de su contenido, su costo, los autores y otros temas conexos. Durante este lapso diferentes puntos de vistas se han expresado en diversos medios de comunicaciones sobre dicha colección. En efecto, ha recibido el respaldo de una gama de destacados estudiosos y defensores de las reinvindicaciones de las minorías étnicas como Farid Samir Benavides, Claudia Mosquera Rosero-Labbé, Carlos Vidales y Adolfo Albán Achinte, entre otros.

Igualmente una cascada de críticas como las del cineasta Manuel Kalmanovitz que por su condición de proyecto institucional la calificó de “intrascendente e innecesaria” y otra serie de opiniones de personajes que la descalifican por no haber sido incluidos. Aclaro: no pretendo fungir como defensor del Ministerio de Cultura, sino de la obra y la trayectoria de unos escritores que sin rótulos raciales han sido y son grandes exponentes de la literatura colombiana como Candelario Obeso, Manuel Zapata Olivella, Gregorio Sánchez Gómez, Jorge Ártel, Carlos Arturo Truque, Rogerio Velásquez, Helcías Martán Góngora, Hugo Salazar Valdés, Arnoldo Palacios y Oscar Collazos, entre otros.

Critico la postura de algunos personajes que sin muchos méritos y con obras que no resisten un buen escrutinio literario, pero amparados en el ropaje de la nueva burocracia étnica y de la tutela oficial aspiran a llegar a los altares de las letras colombianas. Personajes que sustentados en el relativismo cultural consideran que por sus condiciones étnicas sus textos tenían que haber formado parte de la colección y de otras en el futuro.

Lo controvertido del asunto es que estos señores de la elite de “afronotables” como los califica Samira Moreno, creen que por la pigmentación de su piel se han ganado el galardón de ser “inscritos con letras doradas dentro de las élites de escritores y líderes afros”. Los mismos que revestidos de esas aureolas impulsan una política de endogamia racial y una peligrosa xenofobia contra mulatos, mestizos e indígenas que tendrá funestas consecuencias para la convivencia étnica en los asentamientos de mayoría negra.

Uno de los inconformes es el escritor Manuel Lozano Peña, quién considera que él merecía estar porque hace parte de las “elites de escritores del Chocó”. Dice en una columna que publicó en el periódico EL Manduco “que en esta colección hay exclusión, no están todos los que son, y faltamos muchos que hemos aportado con nuestras creaciones literarias” (...) porque nadie tiene la autoridad para desechar creaciones literarias, si no ha mediado un concurso. Lo otro es conventillo que discrimina”.

Es tan grande el ego de Lozano que sin tener una gran trayectoria intelectual como escritor y sin que su obra haya tenido la valoración de grandes exponentes de la crítica literaria colombiana, aspiraba verse en esos 19 tomos. Lozano sustenta su argumento en la falacia que “no hay obra literaria mala” para indicar que “todos los escritores afrochocoanos merecemos estar en una colección como” la Biblioteca de Literatura Afro.

Lozano, inspirado en el enorme ego de “afronotables” que han tenido los miembros del extinto clan político de los Lozanos, de nefasta recordación en el Chocó, no examinó la razones de fondo de la selección de los autores, las trayectorias literaria e intelectual de los escritores y, desde luego, de los que integraron el Comité Editorial como Roberto Burgos Cantor y Alfonso Múnera. Simplemente se queda en la cáscara y señala la colección como un “refrito” cuando en honor a la verdad sus dos obras “Monedas de aluminios y otras narraciones” y “El último cadáver” no resisten un análisis literario.

Para aminorar su egocentrismo, señala que también hicieron falta otros escritores chocoanos, pero en este aspecto también discrepo con Lozano. En los últimos años me he dedicado a leer y a releer las obras de varios autores afros y especialmente a los chocoanos y de ese ejercicio he concluido que la mayoría producen sin mucho rigor, motivados más por acumular puntajes para el escalafón docente que en la calidad y profundidad de sus textos.

La producción literaria de algunos de ellos, a pesar de ser abundante, es gran parte deficiente y mediocre y, por ende, no ha trascendido más allá del círculo de las mutuas alabanzas parroquiales. Entonces por falta de crítica literaria pululan estas “supuestas vacas sagradas” de la literatura, pero que si profundizamos en un estudio de sus obras, seguramente que se derrumbarán muchos de los falsos íconos de la autodenominada intelectualidad afro.

Por José E. Mosquera, columnista de El Mundo
 

Comentarios 

 
0 #2 Visita 21-12-2010 15:24
Pienso que no una persona integra no puede dudar de la inteligencia de otra y menos de la trayectoria tan excelente en el campo de la escritura como la tiene Manuel Lozano y quien mejor que él en su escrito publicado en su perfil de facebook puede darle a entender al señor, Jose E. Mosquera que esta bien equivocado.
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0 #1 Visita 13-12-2010 17:55
Es valido lo que se dice y en cuanto al diseño le falto mas apropiación regional a cada obra

Pero creo que enriquecedor fuera sido poder tener obras literarias de cada región de Colombia
los 12 mejores escritores de cada una

Así la lectura Colombiana fuese adquirido mucho mas valor Cultural e Histórico
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