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Wednesday
Apr 16th
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Olvidar el odio, pero no el desprecio

Muchos amigos me han preguntado qué siento cuando estoy cerca a los guerrilleros, hoy desmovilizados, que fueron mis carceleros durante mis años de secuestro y que me causaron a mí y a mi familia tanto dolor. ¿Cómo puedo hablarles, si fueron crueles verdugos que pisotearon mi dignidad durante casi nueve años?
Hace unas semanas me encontré en Manizales con Jofre, uno de los diecisiete comandantes del frente que tuve y uno de los más crueles carceleros. Ambos íbamos caminando por la Carrera 23. Jofre se desmovilizó el 17 de febrero de 2009. Es un moreno alto, flaco, que tenía una estricta convicción militar. En alguna ocasión se me acercó y me preguntó si el petróleo se sembraba como el maíz y el fríjol.
Combatió 29 años en las Farc. Entró al grupo guerrillero por su destreza para manejar lanchas con poderosos motores. Por eso le correspondía transportar armas desde Puerto Ubaldia, en territorio panameño, hasta Capurganá y Acandí. Estas armas eran pagadas con coca, que él mismo transportaba.
Cuando lo vi de nuevo, no sentí odio. Se acercó para saludarme. Le respondí mirándolo a los ojos fijamente, no sé por cuántos segundos. Ese cara a cara fue grato, pues sentí una gran paz; de no ser así, estaría condenado a seguir encadenado mentalmente a esa pútrida selva en la que me mantuvieron secuestrado. Constaté en sus pupilas vacías que algo de vergüenza sentía.
Aproveché para preguntarle varias cosas que siempre me inquietaron. Una de ellas fue el porqué de esa actitud de rabia hacia mí, pues fue uno de los carceleros que más tiempo estuvo conmigo. Su rostro se puso rojo como la papada de un pisco y en fracciones de segundo quedó blanco como un papel. "¡Viejo, perdóneme! -dijo-, lo hice por orden de los comandantes". Le dije que olvidáramos aquello, que lo más importante era que él aprovechara la oportunidad que le está dando el Estado para que se convierta en una persona de bien.
Lo invité a tomar algo y hablamos un rato más. Cuando nos separamos se me vinieron a la memoria muchísimos recuerdos. En la noche intenté conciliar el sueño, pero todo era una película que pasaba por mi mente recordándolo a él. Escuchaba su risa y, por un momento, los antebrazos se me salpicaron de esa escaramuza que se siente cuando se es humillado. Recordé aquellas frases con las que pretendía vencer mi férrea voluntad de vivir. "No queremos verlo metido en una bolsa negra -decía-. Nosotros nos volamos con los fusiles para defendernos. Pero recuerde: usted no está en condiciones de escaparse de nosotros, porque vivo no se lo entregamos a ese paramilitar de Uribe".
En uno de los recorridos por la selva chocoana, me dio un principio de infarto. Se me paralizaron el brazo y el pie izquierdo. Cuando le solicité medicamentos y que me auxiliara para llegar hasta el campamento, se negó; me tocó arrastrarme. Varios días de terapia me permitieron recuperar mi motricidad. Me arrastraba desde mi caleta hasta un árbol; me abrazaba al tronco para ponerme en pie. Movía las piernas una y otra vez, muchas veces, hasta que superé la parálisis. Aprendí que uno requiere más valor para sufrir que para morir.
Sí, recordé aquellos malos tratos de Jofre. Pero, después de varias vueltas en la cama, reafirmé una vez más lo que escribió Ling Yutang en su libro Una hoja en la tormenta : "uno puede olvidar fácilmente el odio, pero no el desprecio". Eso fue lo que sentí cuando lo vi. Luego, pude dormir.
Por Óscar Tulio Lizcano, columnista de El Colombiano
lizcano
Muchos amigos me han preguntado qué siento cuando estoy cerca a los guerrilleros, hoy desmovilizados, que fueron mis carceleros durante mis años de secuestro y que me causaron a mí y a mi familia tanto dolor. ¿Cómo puedo hablarles, si fueron crueles verdugos que pisotearon mi dignidad durante casi nueve años?

Hace unas semanas me encontré en Manizales con Jofre, uno de los diecisiete comandantes del frente que tuve y uno de los más crueles carceleros. Ambos íbamos caminando por la Carrera 23. Jofre se desmovilizó el 17 de febrero de 2009. Es un moreno alto, flaco, que tenía una estricta convicción militar. En alguna ocasión se me acercó y me preguntó si el petróleo se sembraba como el maíz y el fríjol.

Combatió 29 años en las Farc. Entró al grupo guerrillero por su destreza para manejar lanchas con poderosos motores. Por eso le correspondía transportar armas desde Puerto Ubaldia, en territorio panameño, hasta Capurganá y Acandí. Estas armas eran pagadas con coca, que él mismo transportaba.

Cuando lo vi de nuevo, no sentí odio. Se acercó para saludarme. Le respondí mirándolo a los ojos fijamente, no sé por cuántos segundos. Ese cara a cara fue grato, pues sentí una gran paz; de no ser así, estaría condenado a seguir encadenado mentalmente a esa pútrida selva en la que me mantuvieron secuestrado. Constaté en sus pupilas vacías que algo de vergüenza sentía.

Aproveché para preguntarle varias cosas que siempre me inquietaron. Una de ellas fue el porqué de esa actitud de rabia hacia mí, pues fue uno de los carceleros que más tiempo estuvo conmigo. Su rostro se puso rojo como la papada de un pisco y en fracciones de segundo quedó blanco como un papel. "¡Viejo, perdóneme! -dijo-, lo hice por orden de los comandantes". Le dije que olvidáramos aquello, que lo más importante era que él aprovechara la oportunidad que le está dando el Estado para que se convierta en una persona de bien.

Lo invité a tomar algo y hablamos un rato más. Cuando nos separamos se me vinieron a la memoria muchísimos recuerdos. En la noche intenté conciliar el sueño, pero todo era una película que pasaba por mi mente recordándolo a él. Escuchaba su risa y, por un momento, los antebrazos se me salpicaron de esa escaramuza que se siente cuando se es humillado. Recordé aquellas frases con las que pretendía vencer mi férrea voluntad de vivir. "No queremos verlo metido en una bolsa negra -decía-. Nosotros nos volamos con los fusiles para defendernos. Pero recuerde: usted no está en condiciones de escaparse de nosotros, porque vivo no se lo entregamos a ese paramilitar de Uribe".

En uno de los recorridos por la selva chocoana, me dio un principio de infarto. Se me paralizaron el brazo y el pie izquierdo. Cuando le solicité medicamentos y que me auxiliara para llegar hasta el campamento, se negó; me tocó arrastrarme. Varios días de terapia me permitieron recuperar mi motricidad. Me arrastraba desde mi caleta hasta un árbol; me abrazaba al tronco para ponerme en pie. Movía las piernas una y otra vez, muchas veces, hasta que superé la parálisis. Aprendí que uno requiere más valor para sufrir que para morir.

Sí, recordé aquellos malos tratos de Jofre. Pero, después de varias vueltas en la cama, reafirmé una vez más lo que escribió Ling Yutang en su libro Una hoja en la tormenta : "uno puede olvidar fácilmente el odio, pero no el desprecio". Eso fue lo que sentí cuando lo vi. Luego, pude dormir.

Por Óscar Tulio Lizcano, columnista de El Colombiano

 

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