Cinco años después de haberse producido el grito de rebeldía contra España por parte de los indígenas del Perú, liderados por Tupac Amarú, se presentaron algunos movimientos de inconformidad por parte de esclavos e indígenas en el Nuevo Reino de Granada.
Era el año de 1785 cuando se conocieron levantamientos en la ciudad chocoana de Tadó, lo mismo que un temor generalizado por parte de las autoridades españolas, en Quibdó. El Hato de Lemus, hoy conocido como La Unión, también conoció algunas protestas por parte de esclavos, que seguramente tendrían influencia en muchos hombres y mujeres en el mismo año. Y como resultado de la inconformidad que tenían muchos esclavos con sus amos de la ciudad de Cartago, en un número superior a 30, los esclavos decidieron buscar un sitio para construir unos hogares lejos de la represión de los todopoderosos amos.
Y caminaron desde el actual Cartago hasta el sitio de Turín, a donde llegaron aconsejados por una indígena de Pindaná de los Ce-rrillos y establecieron un palenque que duró muy poco tiempo, pero que marcaría este te-rritorio como un territorio de libertad, que era lo que buscaban los esclavos fugitivos.
Y también este sitio fue el encargado de albergar al doctor José Francisco Pereira Martínez, luego de que fuera derrotado en el año de 1816 por los españoles en la batalla de Cachirí, Santander.
Y sería refugio muchos años después, en 1858, para mineros, agricultores y arrieros que llegaban desde las montañas de Antioquia, con el objetivo de levantar un rancho y derribar árboles para cosechar el maíz y el fríjol suficiente para sostener su numero-sa prole.
Y finalizada la guerra fratricida de finales del siglo XIX, muchos de los liberales radicales que soñaron con implementar un régimen político respetuoso de las libertades individuales, comenzando por las creencias religiosas, encontraron también en la naciente aldea de Pereira, el sitio ideal para ese ejercicio democrático. De ello pueden dar testimonio los descendientes del General Valentín Deaza.
Se afincó de esa manera una manera de ser, un sentido de libertad que bien se pudo comprobar en la segunda década del siglo XX cuando nació y creció la primera logia de masones en Pereira con el nombre de Libres Caldas, hecho que infortunadamente no se pudo dar en Manizales cuando la logia que intentó cobrar vida en la ciudad, fue hostilizada por parte del clero, hasta hacerla desaparecer.
Vendría luego una fuerte inmigración de personas procedentes del cercano Oriente a quienes se les llamaba de una manera genera-lizada “turcos”, de manera que no se hacía diferencia entre sirios, libaneses, egipcios, iraníes, jordanos y otros más. “La ciudad sin puertas” ha ratificado en el pasado y aún lo sigue haciendo que en Pereira no hay forasteros y que su vocación libertaria es uno de los valores importantes a cultivar en el presente para el futuro, con los ejemplos del pasado.
Por Víctor Zuluaga Gómez, columnista de La Tarde
Cinco años después de haberse producido el grito de rebeldía contra España por parte de los indígenas del Perú, liderados por Tupac Amarú, se presentaron algunos movimientos de inconformidad por parte de esclavos e indígenas en el Nuevo Reino de Granada.Era el año de 1785 cuando se conocieron levantamientos en la ciudad chocoana de Tadó, lo mismo que un temor generalizado por parte de las autoridades españolas, en Quibdó. El Hato de Lemus, hoy conocido como La Unión, también conoció algunas protestas por parte de esclavos, que seguramente tendrían influencia en muchos hombres y mujeres en el mismo año. Y como resultado de la inconformidad que tenían muchos esclavos con sus amos de la ciudad de Cartago, en un número superior a 30, los esclavos decidieron buscar un sitio para construir unos hogares lejos de la represión de los todopoderosos amos.
Y caminaron desde el actual Cartago hasta el sitio de Turín, a donde llegaron aconsejados por una indígena de Pindaná de los Ce-rrillos y establecieron un palenque que duró muy poco tiempo, pero que marcaría este te-rritorio como un territorio de libertad, que era lo que buscaban los esclavos fugitivos.
Y también este sitio fue el encargado de albergar al doctor José Francisco Pereira Martínez, luego de que fuera derrotado en el año de 1816 por los españoles en la batalla de Cachirí, Santander.
Y sería refugio muchos años después, en 1858, para mineros, agricultores y arrieros que llegaban desde las montañas de Antioquia, con el objetivo de levantar un rancho y derribar árboles para cosechar el maíz y el fríjol suficiente para sostener su numero-sa prole.
Y finalizada la guerra fratricida de finales del siglo XIX, muchos de los liberales radicales que soñaron con implementar un régimen político respetuoso de las libertades individuales, comenzando por las creencias religiosas, encontraron también en la naciente aldea de Pereira, el sitio ideal para ese ejercicio democrático. De ello pueden dar testimonio los descendientes del General Valentín Deaza.
Se afincó de esa manera una manera de ser, un sentido de libertad que bien se pudo comprobar en la segunda década del siglo XX cuando nació y creció la primera logia de masones en Pereira con el nombre de Libres Caldas, hecho que infortunadamente no se pudo dar en Manizales cuando la logia que intentó cobrar vida en la ciudad, fue hostilizada por parte del clero, hasta hacerla desaparecer.
Vendría luego una fuerte inmigración de personas procedentes del cercano Oriente a quienes se les llamaba de una manera genera-lizada “turcos”, de manera que no se hacía diferencia entre sirios, libaneses, egipcios, iraníes, jordanos y otros más. “La ciudad sin puertas” ha ratificado en el pasado y aún lo sigue haciendo que en Pereira no hay forasteros y que su vocación libertaria es uno de los valores importantes a cultivar en el presente para el futuro, con los ejemplos del pasado.
Por Víctor Zuluaga Gómez, columnista de La Tarde



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