A medida que las ciudades se expanden por el territorio como una mancha, las personas que las habitan sienten más la necesidad de tener contacto con la naturaleza. La necesidad es mayor cuanto mayor es el tamaño de la ciudad y menor la cercanía a las áreas rurales. Paradójicamente, las pequeñas poblaciones hacen todo lo posible por separarse de las “incomodidades” que para ellos representa el contacto directo con los bosques y praderas y no planifican las consecuencias futuras. El resultado final es una ciudad sin espacio para el verde.
Recuerdo que me impactó muchísimo cuando conocí y recorrí Quibdó, una ciudad ubicada en medio de la selva del chocó biogeográfico en la que es prácticamente imposible encontrar un árbol. Los andenes son angostos y aunque llueve frecuentemente, la radiación solar es intensa. Sólo vi unos pocos ficus (especie foránea), ubicados en un separador frente a la Estación de Policía.
Aunque no es fácil comprobar los beneficios que el contacto con la naturaleza proporciona al bienestar del ser humano, algunos estudios y cifras son significativas, según lo consignado en el libro Espacios verdes para una ciudad sostenible escrito por Antoni Falcón y publicado por la Editorial Gustavo Gili en el año 2007: “…en un estudio sobre pacientes convalecientes de intervenciones en la vesícula, descubrió que un porcentaje significativo de los que se recuperaban en habitaciones que posibilitaban vistas a árboles caducifolios desde sus camas, acortaba su estancia en los hospitales en 24 horas como mínimo, respecto a los que no disponían de estas condiciones. Parece ser que también requerían menos atenciones por parte del servicio de enfermería, así como menores dosis de medicamentos”.
Es tan necesario para el ser humano el contacto con la naturaleza, que el mismo libro cuenta que “Un estudio de US Forest cifraba el aumento del valor de las propiedades cercanas a las zonas verdes de ciertas dimensiones en un 7% a 15%.”
Si, los ciudadanos necesitan espacios para la recreación y para el ocio, para la contemplación y para relacionarse con sus vecinos, para hacer deporte y para reencontrarse con la naturaleza, con sus procesos y sus ciclos. Se debe pensar en el verde urbano como una estructura vital que organiza el territorio, que conecta barrios y plazas, comunidades y personas.
El verde de una ciudad debe ser una red conformada por los grandes parques urbanos, los espacios naturalizados y los pequeños parques de barrio, tejida por corredores biológicos que se deslicen a lo largo de ríos y quebradas. El verde urbano debe poder atravesar las ciudades de norte a sur y/o de oriente a occidente; debe poder ser recorrido por residentes y visitantes, por seres humanos y por animales silvestres. Debe entenderse como un determinador de la salud y del bienestar del territorio y de quienes en él habitan.
Por Carolina Salazar, arquitecta y especialista en Consultoría Ambiental.
A medida que las ciudades se expanden por el territorio como una mancha, las personas que las habitan sienten más la necesidad de tener contacto con la naturaleza. La necesidad es mayor cuanto mayor es el tamaño de la ciudad y menor la cercanía a las áreas rurales. Paradójicamente, las pequeñas poblaciones hacen todo lo posible por separarse de las “incomodidades” que para ellos representa el contacto directo con los bosques y praderas y no planifican las consecuencias futuras. El resultado final es una ciudad sin espacio para el verde.Recuerdo que me impactó muchísimo cuando conocí y recorrí Quibdó, una ciudad ubicada en medio de la selva del chocó biogeográfico en la que es prácticamente imposible encontrar un árbol. Los andenes son angostos y aunque llueve frecuentemente, la radiación solar es intensa. Sólo vi unos pocos ficus (especie foránea), ubicados en un separador frente a la Estación de Policía.
Aunque no es fácil comprobar los beneficios que el contacto con la naturaleza proporciona al bienestar del ser humano, algunos estudios y cifras son significativas, según lo consignado en el libro Espacios verdes para una ciudad sostenible escrito por Antoni Falcón y publicado por la Editorial Gustavo Gili en el año 2007: “…en un estudio sobre pacientes convalecientes de intervenciones en la vesícula, descubrió que un porcentaje significativo de los que se recuperaban en habitaciones que posibilitaban vistas a árboles caducifolios desde sus camas, acortaba su estancia en los hospitales en 24 horas como mínimo, respecto a los que no disponían de estas condiciones. Parece ser que también requerían menos atenciones por parte del servicio de enfermería, así como menores dosis de medicamentos”.
Es tan necesario para el ser humano el contacto con la naturaleza, que el mismo libro cuenta que “Un estudio de US Forest cifraba el aumento del valor de las propiedades cercanas a las zonas verdes de ciertas dimensiones en un 7% a 15%.”
Si, los ciudadanos necesitan espacios para la recreación y para el ocio, para la contemplación y para relacionarse con sus vecinos, para hacer deporte y para reencontrarse con la naturaleza, con sus procesos y sus ciclos. Se debe pensar en el verde urbano como una estructura vital que organiza el territorio, que conecta barrios y plazas, comunidades y personas.
El verde de una ciudad debe ser una red conformada por los grandes parques urbanos, los espacios naturalizados y los pequeños parques de barrio, tejida por corredores biológicos que se deslicen a lo largo de ríos y quebradas. El verde urbano debe poder atravesar las ciudades de norte a sur y/o de oriente a occidente; debe poder ser recorrido por residentes y visitantes, por seres humanos y por animales silvestres. Debe entenderse como un determinador de la salud y del bienestar del territorio y de quienes en él habitan.
Por Carolina Salazar, arquitecta y especialista en Consultoría Ambiental.



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