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Sep 02nd
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Indignados

Donald Castro, un cultivador de ñame, ají y plátano, defendió con la amenaza de sus puños las “fronteras” del municipio de Tubará, en el Atlántico, el pasado domingo de elecciones.
Según El Heraldo, el hombre tiene 37 años y según sus propias palabras la política no es una de sus prioridades, no tiene partido ni candidato propio. Se paró en la raya para evitar que llegara el eterno paseo de domingo desde otros municipios para decidir quién sería el alcalde. Un paseo que los tiene en la olla: “Lo que nos está disgustando es que en Tubará, hace años que los alcaldes no están cumpliendo. Siempre son los de la misma familia, Toño Coll, Cristian, Gilberto y Tom Coll. Los mismos, no hay cambio”.
Mucho se dice que Colombia es un país de indolentes, que entre nosotros la inconformidad se balancea en las mecedoras y sirve sólo para avinagrar el carácter. Pero resulta que en las pasadas elecciones se dieron pequeñas revoluciones ciudadanas en varios municipios. Sin la alharaca de los indignados y sus capitanes del activismo cosmopolita, muchos ciudadanos que no saben de primaveras árabes ni lograrían leer el testamento de un viejo diplomático francés inspirado por la última cólera, tomaron la decisión de rechazar a los clanes políticos a los que habían obedecido por costumbre, intimidación o gangas electorales.
Hasta hace unos meses se dijo que desde Bello se definiría el gobernador de Antioquia. Una famiempresa electoral, cercana a uno de los tantos mafiosos apodado El Patrón, sería, según el cuento, la encargada de filar a los ciudadanos. Pero trazaron reglas demasiado arbitrarias para la carrera: en la pista local sólo habría un competidor. La gente se sintió burlada y prefirió descalificarlo. Para la campaña por el voto en blanco se recogió menuda entre los ciudadanos, una organización ambientalista donó 5 millones —lucha contra la contaminación— y se desafió a los que intentaban dar la largada a punta de pistola. Su candidato a la Gobernación también perdió en Bello y ahora la familia mira con preocupación.
En Magangué, Marcelo Torres venció al candidato de La Gata y sus siete vidas luego de tres intentos fallidos. Sus contradictores lo recibían a piedra durante los foros y muchos dicen que está vivo porque está rezao. Se demuestra que los caciques y los clanes políticos también sufren la fatiga de materiales. En Quibdó una mujer fue la encargada de vencer a tres nombres increíbles y un solo fin verdadero: Patrocinio, Odín y Jafet cayeron frente a Zulia María Mena, una líder de organizaciones comunitarias con experiencia en la Cámara de Representantes. También el partido Mira, una especie de secta, debe celebrar la victoria en Caquetá frente a un grupo de políticos con avales de partidos tradicionales y avalúos en las cuevas de narcos y paras. Y en Santa Marta, que hasta hace poco era un fortín vigilado por Noguera, ganó Carlos Caicedo, un exrector que estuvo en la cárcel por los montajes de los paras. En Medellín intentaron montajes parecidos y les salieron chuecos. También en la capital de Antioquia perdió la alianza turbia. En Soledad, el candidato de las compras y la maquinaria de mototaxistas fue silbado en la plaza y derrotado en los cubículos: “¡Corrupto fuera!”, gritaba la gente frente al atrio y un viejo acotaba: “La plaza está hablando”.
Queda una lección: en ocasiones las olas silenciosas tienen más poder que las coloreadas por los medios.
pascual gaviriaDonald Castro, un cultivador de ñame, ají y plátano, defendió con la amenaza de sus puños las “fronteras” del municipio de Tubará, en el Atlántico, el pasado domingo de elecciones.

Según El Heraldo, el hombre tiene 37 años y según sus propias palabras la política no es una de sus prioridades, no tiene partido ni candidato propio. Se paró en la raya para evitar que llegara el eterno paseo de domingo desde otros municipios para decidir quién sería el alcalde. Un paseo que los tiene en la olla: “Lo que nos está disgustando es que en Tubará, hace años que los alcaldes no están cumpliendo. Siempre son los de la misma familia, Toño Coll, Cristian, Gilberto y Tom Coll. Los mismos, no hay cambio”.

Mucho se dice que Colombia es un país de indolentes, que entre nosotros la inconformidad se balancea en las mecedoras y sirve sólo para avinagrar el carácter. Pero resulta que en las pasadas elecciones se dieron pequeñas revoluciones ciudadanas en varios municipios. Sin la alharaca de los indignados y sus capitanes del activismo cosmopolita, muchos ciudadanos que no saben de primaveras árabes ni lograrían leer el testamento de un viejo diplomático francés inspirado por la última cólera, tomaron la decisión de rechazar a los clanes políticos a los que habían obedecido por costumbre, intimidación o gangas electorales.

Hasta hace unos meses se dijo que desde Bello se definiría el gobernador de Antioquia. Una famiempresa electoral, cercana a uno de los tantos mafiosos apodado El Patrón, sería, según el cuento, la encargada de filar a los ciudadanos. Pero trazaron reglas demasiado arbitrarias para la carrera: en la pista local sólo habría un competidor. La gente se sintió burlada y prefirió descalificarlo. Para la campaña por el voto en blanco se recogió menuda entre los ciudadanos, una organización ambientalista donó 5 millones —lucha contra la contaminación— y se desafió a los que intentaban dar la largada a punta de pistola. Su candidato a la Gobernación también perdió en Bello y ahora la familia mira con preocupación.

En Magangué, Marcelo Torres venció al candidato de La Gata y sus siete vidas luego de tres intentos fallidos. Sus contradictores lo recibían a piedra durante los foros y muchos dicen que está vivo porque está rezao. Se demuestra que los caciques y los clanes políticos también sufren la fatiga de materiales. En Quibdó una mujer fue la encargada de vencer a tres nombres increíbles y un solo fin verdadero: Patrocinio, Odín y Jafet cayeron frente a Zulia María Mena, una líder de organizaciones comunitarias con experiencia en la Cámara de Representantes. También el partido Mira, una especie de secta, debe celebrar la victoria en Caquetá frente a un grupo de políticos con avales de partidos tradicionales y avalúos en las cuevas de narcos y paras. Y en Santa Marta, que hasta hace poco era un fortín vigilado por Noguera, ganó Carlos Caicedo, un exrector que estuvo en la cárcel por los montajes de los paras. En Medellín intentaron montajes parecidos y les salieron chuecos. También en la capital de Antioquia perdió la alianza turbia. En Soledad, el candidato de las compras y la maquinaria de mototaxistas fue silbado en la plaza y derrotado en los cubículos: “¡Corrupto fuera!”, gritaba la gente frente al atrio y un viejo acotaba: “La plaza está hablando”.

Queda una lección: en ocasiones las olas silenciosas tienen más poder que las coloreadas por los medios.

Por Pascual Gaviria, columnista de El Espectador
 

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