Era una figurita esquelética, con el estómago hinchado y bracitos como alambres. No dejaba de llorar.
La encontramos en Nambua, comunidad indígena a orillas de un río cristalino. Estaba sola, al sol, en una casa sobre pilotes, sin paredes, con el piso de tablones de madera y el tejado de eternit, algo alejada del resto de la comunidad. Al principio no nos acercamos, creyendo que su mamá o un adulto aparecerían en cualquier momento, hasta que no pudimos ignorar la angustia de su llanto y fue evidente su completo abandono. Espantamos el enjambre de insectos que la rodeaba y cuando intentamos acariciarla, lloró con más fuerza.
No sabíamos qué hacer, no teníamos nada para distraerla y solo se nos ocurrió ofrecerle una botella de plástico, a la que apenas le quedaba un dedo de agua. La bebió con tal avidez que le subimos otra que teníamos en la canoa. El agua logró calmarla.
Al observarla con más detenimiento, nos llamó la atención su dentadura porque habíamos creído que era una bebé de meses, no solo por su raquítico tamaño, sino porque no podía pararse. Era evidente que sufría una alarmante desnutrición.
"Nos la llevamos", le anunciamos a Orlando Chamí, jefe de los asuntos indígenas de la alcaldía de Bojayá, municipio del Chocó al que pertenece Nambua.
Nos dio la razón, también consideró que no la podíamos dejar en esas condiciones, que nadie se ocuparía de la criatura, y de inmediato convocó al único hombre que se encontraba esa tarde en la aldea y al pequeño grupo de mujeres alegres, vestidas con faldas coloridas, que nos habían recibido minutos antes con amabilidad y que estaban rodeadas de niños.
La diminuta comunidad embera de Nambua, a unas tres horas en canoa de la cabecera municipal, al borde del río Uva, afluente del Bojayá, que a su vez vierte sus aguas en el Atrato, tuvo que cambiar de enclave hace un año por un derrumbe.
Nadie les ayudó a reconstruir el poblado en el lugar que ahora ocupan, más plano y seguro, ni a sortear la pobreza que siempre los acompaña y que agravó la catástrofe natural.
Por eso, varias chozas no tienen aún paredes, apenas un suelo y un tejado para guarecerse de los constantes aguaceros. Es el eterno contraste entre la exuberancia natural que los rodea, de ríos transparente y montañas boscosas, y la carencia de casi todo lo básico.
Hablaban en embera y Orlando nos tradujo que el padre se había ido de viaje esa mañana y no regresaría hasta la otra semana. No existía una mamá para atenderla, se fue hace tiempo, y la madrastra tenía sus propios infantes que alimentar.
Cuando les informé que nos la llevábamos, les pareció bien. "El papá dijo que de todas formas iba a morir", comentó el hombre.
Orlando tuvo que discutir con la madrastra para que le prestara un pantaloncito para la niña. Nos fuimos tranquilos; nadie se despidió de la pequeña. Parecían aliviados de que les quitáramos una carga.
"Por desgracia, esto ocurre en nuestras comunidades algunas veces. Nosotros trabajamos para cambiar esa cultura, les enseñamos que a los hijos los tienen que cuidar, que sean responsables, pero, aunque la mayoría lo hace, no todos atienden", explicó Orlando.
La criatura durmió todo el trayecto hasta Bellavista -nombre del casco urbano de Bojayá-. Al llegar, quedó ingresada en el centro de salud. El médico diagnosticó desnutrición, la remitió a Quibdó y la dejó toda la noche con suero. "Cómo debía estar, que consumió enseguida dos bolsas", comentó una mujer.
La pequeña no pronunciaba palabra ni sabía sonreír. Sólo hablaban sus ojazos cargados de tristeza y su mirada perdida.
Orlando fue a buscar a un tío de la menor que estaba en el pueblo porque necesitábamos papeles. El pariente apareció enseguida con el registro civil. Pero ni siquiera se asomó a la modesta sala de urgencias donde la pequeña reposaba en la camilla; entregó el documento y desapareció. Supimos entonces que en junio cumplirá dos años.
A falta de Fiscalía, denunciamos al papá en la estación de policía por abandono, con la intención de que no devuelvan a la niña a lo que nunca fue su hogar.
El comisario de familia ofreció todo su apoyo, pero al entusiasta equipo médico de Bellavista, que suple con amor y dedicación la carencia de recursos porque Caprecom se olvidó de ellos, lo preocupaba que la niña no estuviera inscrita en ningún sistema de salud. Temían que pudieran rechazarla en Quibdó. "Llévenla ustedes, que les harán más caso", nos dijeron a Álvaro y a mí.
Para evitar contratiempos, llamamos a Bogotá y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar se puso al frente enseguida.
Al día siguiente, por la mañana, con la ayuda de Orlando y del secretario de salud de la alcaldía, obtuvimos un permiso por escrito del gobernador indígena que autorizaba el viaje de la niña.
Le pedimos que castigara al papá y Orlando opinó que era necesario enviar un mensaje nítido a su comunidad. En Quibdó, a tres horas por el Atrato, un equipo del ICBF y la Defensoría del Pueblo la recogieron en el mismo embarcadero. Al ingresarla en el Hospital San Francisco de Asís, la primera sorpresa fue que los médicos ya la conocían. "¿Otra vez por acá?", preguntaron en tono cariñoso. Pero ella, como siempre, no sonrió. Al parecer, una tía la llevó con una infección de piel que aún no se le había curado.
La examinaron y confirmaron que padecía "desnutrición y desequilibrio hidroelectrolítico". Permaneció cuatro días internada, después pasó a manos de una madre sustituta mientras le abrían un cupo en el Centro de Recuperación Nutricional del ICBF.
Me mandaron por celular una foto desde su nuevo hogar o, mejor, desde su primer hogar: en brazos de su mamá sustituta, con un vestidito rosa salpicado de nubes blancas, agarrada a una muñeca, el gesto serio y unos ojos grandes que empiezan a brillar.
* Fuimos a Bojayá para realizar una crónica para la revista 'SoHo'.
Crónica de Salud Hernández-Mora. Tomado de El Tiempo



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