A pie descalzo, un grupo de indígenas extienden coloridas prendas en una cuerda y comen lentejas con arroz en ollas y platos hondos.
La escena, que bien podría corresponder a un resguardo indígena en cualquier zona del país, hace parte de la cotidianidad de un deprimido sector del centro de Bogotá que las autoridades han resuelto bautizar con el desolador nombre de 'la olla de la Cuarta'.
Se trata de un corredor en la carrera 11, entre calles 4a. y 5a, barrio San Bernardo, donde la venta de droga y la prostitución reinan sin cuartel.
A cualquier hora hay gente que sube y baja por la estrecha callecita: adictos de piel amarilla con trabas rebajadas con la música disparada de las rockolas de algunas tabernas de mala muerte. Al día, las autoridades conducen a la Unidad Permanente de Justicia (UPJ) a 80 personas sorprendidas con el 'vicio' en las manos.
En medio de ese mundo, los indígenas que viven en Bogotá padecen un calvario a cientos de kilómetros de sus tierras. Los inquilinatos de medio pelo del sector han remplazado sus ranchos y malocas.
Odulio Nembaregama arribó al barrio hace tres meses. Llegó porque un amigo embera chamí -como él- le recomendó un inquilinato identificado con el número de placa 4-96. En compañía de Ana Elba, su esposa, de pelo negro hasta la cintura y ojos negros grandes y de Jairo, su hijo de 2 años, Odulio ocupa un cuarto frío y carente de ventanas.
Ana no sabe cuántos años tiene y sigue aferrada a su costumbre
de andar descalza en una ciudad de hombres de mocasín y mujeres de tacones.
La pieza huele a humedad. Como no tienen clóset, Ana se vio obligada a clavar puntillas en las paredes para colgar las pocas mudas que tienen en cuerdas. Sólo hay una cama y está huérfana de sábanas. En el piso, una estufa de dos puestos. Nada más. La miseria se siente.
El jefe del hogar se gana la vida con la venta de manillas en los buses. "Cuando me va mal me toca sacar la guitarra y tocar en las esquinas. Canto en mi lengua natal", cuenta.
Los Nembaregama vivían en Pueblo Rico (Risaralda). Se vinieron a la capital huyendo de la violencia guerrillera y ahora prefieren pagar 6.000 pesos de pieza en el inquilinato del San Bernardo que estar a la sombra de los fusiles.
Tres casas viejas los separan de Bernarda Mucutuy, otra indígena instalada en el barrio. Llegó a Bogotá engañada. "Unos agrónomos me dijeron que me viniera para acá, que nada me faltaría, pero no salieron con nada. Me dejaron sola", se lamenta la mujer, de 43 años. Ahora, se encuentra muy triste, pues debe compartir un cuarto miserable con sus tres hijos. Para pagar los 10.000 pesos de la habitación, vende chicles y mentas en la zona Rosa.
Pese al hacinamiento y a la pobreza, Bernarda y su familia no pierden sus raíces. En un rincón del cuarto, 'Lola', una lora que sólo sabe decir "corre, corre", les recuerda que vienen de la selva.
Bogotá tiene 15.032 indígenas
La población indígena en Bogotá, según datos del último censo del Dane, realizado en el 2005, asciende a 15.032 personas. Esta población vive de la venta de sus productos artesanales o de la limosna. Unas 100 familias habitan en cuartos de inquilinato del barrio San Bernardo. Otras ocupan piezas en arriendo en otras zonas del centro de la ciudad y de las localidades de Kennedy y Suba. La mayoría de indígenas son embera katío y provienen de los departamentos de Chocó y Risaralda. El conflicto armado y el desempleo son las razones para que estas comunidades migren a la capital.
Fuente: El Tiempo
A pie descalzo, un grupo de indígenas extienden coloridas prendas en una cuerda y comen lentejas con arroz en ollas y platos hondos. La escena, que bien podría corresponder a un resguardo indígena en cualquier zona del país, hace parte de la cotidianidad de un deprimido sector del centro de Bogotá que las autoridades han resuelto bautizar con el desolador nombre de 'la olla de la Cuarta'.
Se trata de un corredor en la carrera 11, entre calles 4a. y 5a, barrio San Bernardo, donde la venta de droga y la prostitución reinan sin cuartel.
A cualquier hora hay gente que sube y baja por la estrecha callecita: adictos de piel amarilla con trabas rebajadas con la música disparada de las rockolas de algunas tabernas de mala muerte. Al día, las autoridades conducen a la Unidad Permanente de Justicia (UPJ) a 80 personas sorprendidas con el 'vicio' en las manos.
En medio de ese mundo, los indígenas que viven en Bogotá padecen un calvario a cientos de kilómetros de sus tierras. Los inquilinatos de medio pelo del sector han remplazado sus ranchos y malocas.
Odulio Nembaregama arribó al barrio hace tres meses. Llegó porque un amigo embera chamí -como él- le recomendó un inquilinato identificado con el número de placa 4-96. En compañía de Ana Elba, su esposa, de pelo negro hasta la cintura y ojos negros grandes y de Jairo, su hijo de 2 años, Odulio ocupa un cuarto frío y carente de ventanas.
Ana no sabe cuántos años tiene y sigue aferrada a su costumbre de andar descalza en una ciudad de hombres de mocasín y mujeres de tacones.
La pieza huele a humedad. Como no tienen clóset, Ana se vio obligada a clavar puntillas en las paredes para colgar las pocas mudas que tienen en cuerdas. Sólo hay una cama y está huérfana de sábanas. En el piso, una estufa de dos puestos. Nada más. La miseria se siente.
El jefe del hogar se gana la vida con la venta de manillas en los buses. "Cuando me va mal me toca sacar la guitarra y tocar en las esquinas. Canto en mi lengua natal", cuenta.
Los Nembaregama vivían en Pueblo Rico (Risaralda). Se vinieron a la capital huyendo de la violencia guerrillera y ahora prefieren pagar 6.000 pesos de pieza en el inquilinato del San Bernardo que estar a la sombra de los fusiles.
Tres casas viejas los separan de Bernarda Mucutuy, otra indígena instalada en el barrio. Llegó a Bogotá engañada. "Unos agrónomos me dijeron que me viniera para acá, que nada me faltaría, pero no salieron con nada. Me dejaron sola", se lamenta la mujer, de 43 años. Ahora, se encuentra muy triste, pues debe compartir un cuarto miserable con sus tres hijos. Para pagar los 10.000 pesos de la habitación, vende chicles y mentas en la zona Rosa.
Pese al hacinamiento y a la pobreza, Bernarda y su familia no pierden sus raíces. En un rincón del cuarto, 'Lola', una lora que sólo sabe decir "corre, corre", les recuerda que vienen de la selva.
Bogotá tiene 15.032 indígenas
La población indígena en Bogotá, según datos del último censo del Dane, realizado en el 2005, asciende a 15.032 personas. Esta población vive de la venta de sus productos artesanales o de la limosna. Unas 100 familias habitan en cuartos de inquilinato del barrio San Bernardo. Otras ocupan piezas en arriendo en otras zonas del centro de la ciudad y de las localidades de Kennedy y Suba. La mayoría de indígenas son embera katío y provienen de los departamentos de Chocó y Risaralda. El conflicto armado y el desempleo son las razones para que estas comunidades migren a la capital.
Fuente: El Tiempo



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